Aquella mañana de marzo de 1963 en que Juan Carlos de Borbón subió de dos brincos los siete escalones de piedra que dan acceso al palacio de la Zarzuela vestido con un impecable traje a medida cortado por su sastre de siempre, Antonio Collado, cuyo importe había satisfecho (como era también habitual) su hombre de confianza, el marqués de Mondéjar, y cruzó el umbral de su nueva residencia, era un don nadie. No tenía rango, prestigio, fortuna ni ocupación. Estaba solo. De prestado. Apenas rodeado por un puñado de viejos militares preconciliares con título y de algunos, muy pocos, jóvenes oficiales con los que había convivido en las academias y a los que había conquistado siendo uno más entre ellos. Unos y otros serían los primeros hombres del rey. El embrión de su Casa. Algunos le servirían con lealtad monacal durante décadas y llegado el momento abandonarían el palacio sin hacer ruido. Siempre es así. Pero en 1963, Juan Carlos era aún para los españoles un príncipe nacido en el extranjero y recién casado con una princesa griega; primogénito del titular de los derechos históricos de la Corona; guapo, silencioso y de escasas luces, al que el artero generalísimo Franco estaba moldeando sin clarearse sobre el objetivo final de sus intenciones. ¿Llegaría Juan Carlos de Borbón a ser rey?
La Zarzuela, un palacete construido en el siglo XVII a las afueras de Madrid como pabellón de caza de los Borbones, perdido en las 16.000 herméticas hectáreas del monte de El Pardo, a diez minutos de la residencia del dictador, se iba a convertir en su hogar. El primer lugar digno de recibir ese nombre desde que descendió de un tren de vapor con diez años procedente de Estoril (la somnolienta villa portuguesa donde su padre, don Juan de Borbón, permanecía en el exilio desde 1946), como un huérfano dickensiano ungido para ser educado por el franquismo y llevar una vida errante de monje-soldado entre curas, espadones, monárquicos que le llamaban señor, palacios cedidos y escuelas militares. Oír, ver y, sobre todo, callar. Así transcurrió su infancia y juventud. Un severo aprendizaje. Los que le conocen dicen que en lo más profundo de su personalidad, el Rey, más allá de la campechanía que maneja con maestría, es un solitario tendente a la melancolía. Otros añaden que la dureza de aquella situación le dotó de una inteligencia y una astucia política muy superiores a las de los políticos de su generación (que conserva a sus 74 años).
Rodeado de encinas, venados y jabalíes, 120 especies de flora y 200 de fauna, el entonces llamado palacete de La Zarzuela era un aislado caserón de piedra y pizarra que el dictador había decidido fuera la residencia del joven matrimonio. Una especie de casa-cuartel (abajo, la parte administrativa; arriba, la vivienda), que había decorado la esposa de Franco, Carmen Polo, con cargo al Patrimonio Nacional, a base de un estilo relamido propio de las familias pudientes del Madrid de la época. Un aire que hoy conserva, con sus luces tamizadas, tonos crema, pesados tapices y alfombras, estanterías empotradas con libros encuadernados en piel que nadie hojea y profusión de relojes, fotografías y cuadros. En La Zarzuela, uno nunca tiene certeza de si el objeto que contempla es bueno o malo; una obra de arte inventariada por el Patrimonio Nacional (el propietario del palacio y de todos los bienes históricos que en tiempos constituyeron el patrimonio de los Reyes de España y que depende del Ministerio de la Presidencia) o el regalo made in China de algún ayuntamiento de la España profunda.
Doña Sofía fue siempre refractaria a tener su casa llena de chambalanes y damas de compañía
La Zarzuela era un lugar bello y crudo. Cerca y lejos de Madrid. En aquel espacio natural no vivía nadie más que ellos; trabajaba un mínimo servicio a cargo de la Guardia Civil (desde escribientes hasta cocineros), una pareja de inspectores como escolta, un par de destartalados coches cedidos por Presidencia como transporte, un conserje del Patrimonio Nacional vestido de pana y mosquetón al hombro en el único control de entrada (posteriormente le pusieron un telefonillo que contestaba el mismo príncipe Juan Carlos) y su mujer y su hija como cocinera y doncella. Pocos se aventuraban a visitar a los Príncipes, no estaba bien visto.
Sin embargo, ese aislamiento y escasez de medios facilitaba a la pareja vivir como una familia normal y renunciar a una corte palaciega. No había sitio. Ni más fondos que los que entregaba el almirante Carrero Blanco en mano en sobres sepia. Y además, la intimidad era la obsesión de doña Sofía, refractaria a tener la casa repleta de chambelanes, ayudantes y damas de compañía. Y menos aún a que nadie (nadie) se inmiscuyera en las interioridades de su matrimonio, la educación de sus hijos y la organización de su hogar (una filosofía que mantiene a machamartillo y es el primer mandamiento para todo fichaje que llegue a La Zarzuela).
Fueron años difíciles. Todo era incertidumbre. Se sentían vigilados. Había rumores de que la dictadura había instalado micrófonos en el inmueble aprovechando las obras de reconstrucción (el edificio había quedado destrozado durante la guerra) que se habían llevado a cabo entre abril y octubre de 1960. Los Príncipes aprendieron a ser discretos. La corona estaba en juego. Y, sobre todo, el sueño que Juan Carlos había heredado de su padre y era su programa político en la sombra: luchar por la reconciliación y ser un día “el rey de todos de los españoles”.
Los dos máximos ejecutivos de la Casa del Rey: de perfil, el secretario general, Alfonso Sanz Portolés, y de frente, el jefe, Rafael Spottorno / SOFÍA MORO
Por encima de las intrigas políticas, La Zarzuela era su hogar. Aquella primera noche de marzo de 1963 se iluminaron las cuatro ventanas del primer piso del palacio. De vez en cuando, aún se las puede contemplar encendidas tras los visillos cuando cae la tarde. Son los aposentos de la familia. Una de las primeras cosas que hicieron Juan Carlos y Sofía fue plantar cedros, olmos y abetos en torno al descarnado paisaje e intentar dar al lugar un aire de familia burguesa con las bicicletas de los niños apoyadas en la fachada, flotadores de patito en la piscina, perros y un futbolín. Aquí crecerían sus tres hijos.
También crecería el palacio. Paso a paso, a medida que la posición política del Príncipe se iba afianzando, se irían creando nuevos edificios cuyo ritmo de construcción se aceleraría tras su llegada al trono en 1975. Hoy, el conjunto de La Zarzuela es un complejo puzle en el que se han ido solapando construcciones aprovechando los desniveles de los terrenos. Los edificios juancarlistas están perfectamente integrados en el entorno natural de El Pardo hasta el punto de ser invisibles para el visitante. Algunos están semienterrados y cubiertos de vegetación. En La Zarzuela, el único protagonista es el Rey; él es el Jefe del Estado, de la Corona y de la Familia. Y su residencia, el viejo palacio de la Zarzuela, el único edificio que destaca. Sobre su tejado ondea el estandarte azul con su escudo de armas. Es un símbolo.
En 1965 construyeron la ermita. Después, a partir de 1972, se añadirían dos alas al palacio original, una para uso de la familia (el pabellón privado), y en el otro extremo, el pabellón oficial, al que en La Zarzuela denominan Puerta de Cristales, donde, distribuidos en dos pisos, se encuentran los despachos de los Reyes y los Príncipes y sus respectivas secretarías. Más tarde, aprovechando la pérgola de piedra que rodeaba la piscina, se construirían una zona deportiva que alberga un gimnasio y una piscina cubierta. Las instalaciones se seguirían multiplicando con un pabellón de servicios, un pabellón de jardines, un sofisticado centro de comunicaciones (el Cecom), un acceso de visitantes por la carretera de El Pardo (Somontes), una construcción para el servicio de seguridad con galería de tiro, un cuerpo de guardia para albergar a los centinelas de la Guardia Real, un helipuerto con dos pistas, un picadero con cuadras, perreras, una planta solar, un comedor para los empleados (cuyo menú, a cargo de una contrata de confianza, es costeado a cargo del presupuesto de la casa) y, para terminar, la residencia del Príncipe, un inmueble con 1.771 metros útiles que costó al Patrimonio Nacional 4,23 millones de euros en 2002. Los iniciados mencionan además un búnker, una cámara acorazada y varios túneles que comunican el conjunto.
A esa infraestructura de la Casa del Rey se podría añadir un ala del palacio de Oriente, en el centro de Madrid, que acoge la estructura del Interventor de la Casa (Óscar Moreno, de 76 años) y del Cuarto Militar (que manda el teniente general Antonio de la Corte, de 62). Ya en El Pardo, están al servicio exclusivo del Rey los tres cuarteles de la Guardia Real, con 1.700 hombres y mujeres y un presupuesto anual de 45 millones; el cuartel de San Quintín de la Guardia Civil, puntal de la seguridad de la Casa (cuya ampliación ha costado al Ministerio del Interior 18 millones de euros) y la Delegación del Patrimonio Nacional (comunicado con La Zarzuela por caminos interiores) encargada del mantenimiento y la conservación.