Los límites de la libertad de expresión

20 ene 2015
Octavio Salazar Benítez

Profesor Titular de D. Constitucional, Universidad de Córdoba

En las últimas semanas todos nos hemos convertido en ejemplares defensores de la libertad de expresión. Ante la agresión dramática al corazón de nuestras democracias, hemos reaccionado lógicamente con una defensa encendida de uno de los derechos sin los que el edificio constitucional se derrumbaría. Sin embargo, y al margen del cinismo de quienes encabezan manifestaciones cuando acaban de aprobar medidas enormemente restrictivas de dicha libertad, la mayoría parece haber olvidado que toda teoría de los derechos es una teoría de los límites. Es decir, que la misma garantía de nuestros derechos fundamentales conlleva necesariamente el establecimiento de límites de los mismos para hacer posible la convivencia o, lo que es lo mismo, para hacer posible que derechos en conflicto alcancen un equilibrio, en ocasiones inestable, pero pacífico.

Tras el atentado de París, uno de los grandes debates abiertos es sin duda el del respeto a las creencias religiosas y, por tanto, hasta qué punto las convicciones pueden operar como límites de la libertad de expresión. Un debate que, a su vez, nos remite al relacionado con la gestión de las religiones en el espacio público democrático. Es evidente que un Estado constitucional debe garantizar el respeto de las convicciones de los individuos, con independencia de que sean sagradas o no —de ahí la necesidad de reivindicar el término libertad de conciencia frente a libertad religiosa—, así como la expresión colectiva y pública de las mismas.

Ello no quiere decir que deba existir confusión entre la ley de todos y la moral de unos pocos, como tampoco que las expresiones religiosas carezcan de límites. Es decir, en un Estado constitucional, construido sobre el contenido sustancial que representan los derechos fundamentales, debería resultar incontestable que las expresiones de la dignidad humana actuasen como muro de contención frente a cualquier idea o convicción, al menos en lo que a su proyección pública se refiere. Por lo tanto, “no todo vale” en un Estado constitucional o, mejor dicho, no todo debería valer lo mismo. En consecuencia, los límites legales, incluso penales, deberían también aplicarse a las expresiones religiosas que públicamente atenten contra los derechos humanos. De ahí que no debería temblarnos el pulso de la ley ante, por ejemplo, las declaraciones machistas y homófobas de imanes u obispos, como tampoco debería resultarnos indiferente que los poderes públicos subvencionen a confesiones que discriminan por razón de sexo.

Desde este punto de vista, resulta muy complicado mantener jurídicamente, como se hace en nuestro ordenamiento, un delito de ofensa a los sentimientos religiosos. Se trata de un tipo que difícilmente se ajusta a los contenidos garantistas de un Derecho Penal democrático y ante el que resulta casi  misión imposible probar de manera fehaciente el ánimo de ofender. Sobre todo porque nos situamos en terrenos enormemente personales, emocionales, muy subjetivos, ante los que los límites legales deben actuar con cautela. Si lleváramos al extremo el tipo penal de la ofensa, prácticamente eliminaríamos la libertad de expresión, porque cualquiera de nosotros con facilidad puede entender que una manifestación, del tipo que sea, ha herido nuestras convicciones que, insisto, pueden ser religiosas o no, por lo que carece de sentido proteger más a las primeras que al resto.

Sin duda, una consecuencia aún no superada de entender que las creencias religiosas, y solo ellas, son las que pueden  determinar el sustrato moral del individuo. En consecuencia, entiendo que el único límite que la libertad de expresión debería tener en un Estado constitucional es el derivado de la garantía de la igualdad y no discriminación. Es decir, lo que no deberíamos aceptar  en una sociedad democrática son las expresiones que discriminen o que inciten a la discriminación de personas o grupos, como tampoco aquellas que en su caso promuevan el odio y por tanto el no reconocimiento como iguales de quienes son diferentes. Ese debería ser el único límite efectivo de cualquier derecho y por tanto también de la libertad religiosa. Todo lo demás, incluidas las expresiones críticas, irónicas y humorísticas que incidan en las convicciones propias o de los demás, debería entenderse como pieza esencial de un régimen basado en el pluralismo y apoyado, se supone, en la secularización de una sociedad en la que deben fluir ideas y pensamientos en cuanto que somos seres dotados de razón y de conciencia. Una sociedad en la que lo único sagrado debería ser el respeto  a la igual dignidad de todos y de todas y, por tanto, de todos los derechos que hacen de cada uno de nosotros un individuo con voz propia y con capacidad de disentir.

Difícilmente traduciremos en hechos este paradigma si olvidamos que sin la suma de igualdad, laicismo y justicia social la democracia deviene imposible.

http://blogs.publico.es/dominiopublico/12252/los-limites-de-la-libertad-de-expresion/

Bergoglio: “…luego pasa lo que pasa”

Francisco Delgado | Presidente de Europa Laica
nuevatribuna.es | 16 Enero 2015

El poder civil, la ciudadanía, creyente o no, debería de estar atento a este tipo de “mensajes-bomba”

Bergoglio… el jefe argentino del “universo católico”, con esa carita de anciano afable, de tolerante, de populista, de “amigo de los pobres”…. en muy poco tiempo ha soltado, entre otros, dos “mensajes-bomba” que deberían de hacernos reflexionar a todas y a todos y sobre todo al poder civil: En su viaje a Manila, ha dicho: “No se puede provocar, ni ofender a la religión, que luego pasa lo que pasa”, semanas antes en el Parlamento europeo afirmó refiriéndose a la interrupción voluntaria del embarazo: “…o de los niños asesinados antes de nacer”.

A veces ha encontrado el “aplauso” de quienes desconocen o quieren desconocer (en ocasiones, por motivos espurios) el significado histórico del papado y de la jerarquía excluyente que ello significa.

En ambas afirmaciones se detecta la intolerancia dogmática que profesan la inmensa mayoría de líderes religiosos, sobre todo de las religiones abrahámicas, que han combatido y combaten, si es necesario para sus intereses, “a sangre y fuego” a quienes no piensan como ellos…

…A quienes hacen crítica más menos ácida de la religión (como lo hacen de otras muchas cuestiones “mundanas”), a quienes niegan sus dogmas y falsas promesas, a quienes combaten sus privilegios, a quienes denuncian sus riquezas e hipocresía…

…Insultan a las mujeres que abortan por cuestiones de salud o en base a su libre conciencia, a quienes conciben la sexualidad de forma diferente a como ellos la predican para los demás, a quienes niegan la religión o la existencia de Dios, a quienes no son de su mismo club o asociación religiosa, a quienes -aun profesando la misma fe- no aceptan la jerarquía o ciertas consignas del líder…

…Siempre encuentra “brazos armados” de forma metafórica o real para ejecutar, física o socialmente, a quienes no “comulgan” con sus dogmas y consignas.

Bergoglio, que va de progre, que habla de la justicia social, que critica los mercados, el poder del dinero y el sistema capitalista del que su corporación religiosa forma parte… que pregona que va a cambiar las estructuras rígidas del Vaticano, el Papa en el cual muchos católicos -de buena fe- tienen puestas algunas esperanzas de que puede romper las inercias vetustas, jerárquicas y algo oscuras de la Iglesia…  el Papa que se ha hecho tan famoso, e -incluso- es “admirado” por algunos, dentro y fuera de su Iglesia…

…Es uno más, en versión siglo XXI (la época de las redes sociales y de la comunicación). Pero hubo otros del mismo estilo anteriormente… que forman parte del club -que a lo largo de la historia- organizaron los sindicatos católicos y las organizaciones para los pobres (con intereses específicos)… y, también, montaron la Inquisición y los Tribunales de la fe, las Cruzadas contra el “infiel”, formaron parte de las dictaduras nacional-católicas… en suma, siempre, se han aliado con el poder político o forman parte del poder, directa o indirectamente.

El poder civil, la ciudadanía, creyente o no, debería de estar atento a este tipo de “mensajes-bomba”, pues como dice el mismo Bergoglio: “luego pasa lo que pasa”.

http://www.nuevatribuna.es/opinion/francisco-delgado/bergoglio-luego-pasa-pasa/20150116123712111325.html

Más culpables y otros daños colaterales

Lidia Falcón
09 ene 2015

En recuerdo y homenaje a los compañeros asesinados en Charlie Hebdo

Son unos monstruos los que han asesinado a los periodistas y el policía en la sede del semanario Charlie Hebdo (por cierto, ¿no había ninguna mujer en el consejo de redacción de la revista?). Son unos monstruos formados en las horribles enseñanzas de los fundamentalistas islámicos y no hay palabras para describir la conmoción, la tristeza y el espanto que nos embarga. Pero lo más terrible es que estas eran unas muertes anunciadas.

Y no sólo porque los periodistas de la publicación estaban condenados  por los ayatolás desde hacía tiempo y tanto el Ministerio del Interior francés como la policía lo sabían perfectamente, por eso disfrutaban de “protección” permanente, sino porque a partir de 1979 el “Occidente” democrático ha incubado, alentado y financiado a los  talibanes, los muyahidines, los ayatolás o las madrasas (escuelas) integristas, creando un movimiento islámico destructor de toda civilización que ahora no pueden controlar.

Afganistán fue la última trinchera, la última confrontación bélica de la Guerra Fría. La guerra de Occidente contra ese país comenzó en 1978, cuando se produjo la Revolución de Saur, que hizo de Afganistán un Estado Socialista gobernado por el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Fue entonces cuando el gobierno de Estados Unidos inició la operación Ciclón en el contexto de la Guerra Fría, suministrando armas y una amplia financiación a los rebeldes islámicos muyahidines que desestabilizaron el país hasta tal punto que menos de un año después el Consejo Revolucionario solicitó la intervención del Ejército Soviético. Las fuerzas soviéticas intentaron, en los diez años que duró su presencia en el país, modernizar una sociedad que comenzaba a evolucionar hacia la igualdad social, económica y sexual. Pero ni el gobierno de Estados Unidos ni el del Reino Unido, con el apoyo explícito de los demás gobiernos europeos, iba a permitir que en la frontera de Pakistán, donde estaban instalados los misiles de largo alcance de la OTAN,  se instaurase un gobierno socialista. La intervención soviética indujo inmediatamente a rebelarse a los guerrilleros muyahidines. EEUU, Israel, Pakistán y Arabia Saudí financiaron y armaron a las más salvajes tribus afganas contra el gobierno soviético. Que la mayoría de la población afgana no estaba contra el poder soviético lo demuestra el hecho de que a pesar de la ingente cantidad de recursos que invirtieron esos países en alentar la sublevación popular no se produjo en diez años ningún brote de la misma. Es bueno leer la novela del escritor estadounidense de origen afgano Khaled Hosseini, Mil Soles Espléndidos, donde describe el avance pacífico que habían experimentado las mujeres y los trabajadores bajo la protección soviética y el horror que se implanta más tarde con la dictadura de los talibanes.

Pero la derrota de las tropas soviéticas no concluyó la guerra. Ni en Afganistán ni en el resto del mundo. Era preciso acabar con todos los países socialistas. El desastre de Yugoslavia vino más tarde. Y los gobiernos democráticos de las potencias occidentales que se felicitaron por la caída del Muro de Berlín y auguraron el “fin de la historia” no fueron tan listos para comprender y predecir que habían incubado los nidos de mil serpientes. Pero tampoco creo que les importe mucho. En realidad, de los desastres de la guerra las oligarquías, a las que sirven esos gobiernos, que controlan los negocios del armamento y de la reconstrucción siempre salen ganando. Organizaron las invasiones de Afganistán e Irak y han dejado esos países destrozados, después de un millón de muertos, y a las tribus más salvajes enfrentadas entre sí. Las primaveras árabes se convirtieron en el caos egipcio y en las guerras de Libia y de Siria, promovidas por los mismos poderes estadounidenses, para cortar todo avance de los movimientos obreros de esos países. Siempre está antes alimentar el monstruo fanático religioso que permitir la instauración del socialismo.

De ese modo, desde la década de los noventa, comenzó el horror que estamos sufriendo. Todos. Los cristianos y los musulmanes, los ciudadanos de países occidentales y los de los países orientales. Mucho más sufrimiento es el de los países africanos como Nigeria o Yemen y por supuesto Afganistán, cuyo tormento es inacabable, e Irak, Irán, Libia, Siria. Se trata de aniquilar cualquier  movimiento socialista, de hundir el posible poderío de naciones no alineadas con Israel y Estados Unidos, y de abandonar a su suerte a las desgraciadas poblaciones de esos países, especialmente a las mujeres.

Ellas son las principales afectadas, dado el odio que sienten esos fanáticos contra las mujeres, que, en todo caso, para el Departamento de Estado de EEUU y los demás compinches europeos no constituyen más que daños colaterales.

Nunca en el último siglo, incluso desde finales del XIX, las mujeres musulmanas han sido tan maltratadas, tan despreciadas, tan humilladas, tan odiadas por sus propios hombres: padres, maridos, hijos, hermanos, compatriotas. Un corresponsal español en la guerra de Afganistán comentaba: “Estos hombres no tienen madre, ni esposa, ni amantes, ni hermanas, ni hijas, ni amigas. Únicamente enemigas”.

En los años setenta, cuando Vietnam estaba a punto de derrotar al imperio americano y las revoluciones socialistas se sucedían, en Marruecos, en Argelia, en Egipto, en Irak, en Irán, en Siria, en Libia, en Afganistán, la mayoría de las mujeres vestían faldas cortas, llevaban los cabellos al aire y ocupaban muchos puestos de trabajo. Es patético verlas ahora envueltas en largas túnicas, tapándose el pelo y hasta la cara como si fueran leprosas y apartadas de todo escenario público. En Siria, en Jordania ninguna mujer es dependienta de comercio, hasta la ropa interior de señora la venden los hombres.

La derrota de los intentos socialistas ha conllevado la masacre de las mujeres, que aumenta día a día. Las normas del más salvaje patriarcado se han impuesto. En el norte de Nigeria se las lapida por adulterio y los asesinos del Estado Islámico secuestran niñas por centenares para adjudicárselas como esposas a los combatientes;  en Arabia Saudí  no tienen consideración de ciudadanas y por tanto no pueden conducir automóviles ni trabajar; se las persigue en Irán como apestadas por no llevar velo o vestir trajes “poco decentes”; se las casa a los diez años en Yemen, y en todo oriente, incluyendo Pakistán y Bangladesh, se impone la poligamia y el matrimonio eventual, una manera de llamar los islamistas a la esclavitud sexual. Se las mutila sexualmente, se las vende como ganado, se las mata por cualquier motivo: en India para cobrar la dote de otra esposa. Hace unos días, en Yemen, un padre había acusado de adulterio a su hija de DIEZ años, y para averiguar quién era su amante la torturó durante horas, hasta que como la niña lo negaba le pegó dos tiros en la cabeza. Las asociaciones de Derechos Humanos, la ONU y organizaciones feministas explican que la miseria, los desplazamientos de población ocasionados por las guerras, los campamentos de refugiados donde se hacinan en condiciones infrahumanas millones de huidos de sus países natales han hecho proliferar la venta de niñas y muchachas para la prostitución y el trabajo esclavo, las violaciones, los raptos y la explotación más inhumana.

La lucha que el Movimiento Feminista ha desarrollado, ¡con tanto esfuerzo!, durante más de doscientos años ha fracasado trágicamente en esas áreas del planeta. Hasta en la que fue avanzada Turquía, ese presidente Erdogan que los gobernantes occidentales veneran llamándole islamista moderado, porque es el principal aliado de la OTAN en la zona,  está imponiendo cada vez más las normas musulmanas. Afirmaba incluso hace poco que la principal tarea de  las mujeres era la maternidad, y que no deben de reírse en público.  Las mujeres del Medio Oriente y de India, Pakistán,  Bangladesh y los países africanos, donde triunfa el fundamentalismo islámico, están abandonadas a su maldita suerte en las manos de los criminales de sus hombres. Esos que no tienen ni madre, ni amigas, ni hermanas, ni amantes, ni hijas, sino únicamente enemigas.

Pero ningún gobierno de los países democráticos considera que hay que defenderlas,  como se hizo contra el apartheid con la población de raza negra en el caso de Sudáfrica, estableciendo las sanciones que utilizan contra otros países cuando les conviene apropiarse de su petróleo o de su gas, o intentan acabar con el régimen socialista como en Cuba.

El triunfo del islamismo sobre los movimientos socialistas significa, entre otros horrores, la masacre de las mujeres. Y las guerras que se suceden en varios continentes. Esas guerras que desencadenaron los gobernantes de los principales países “democráticos” occidentales, para defender sus intereses económicos, porque se desarrollan lejos de sus metrópolis —ya no quieren enfrentarse entre sí para que se repitan los bombardeos sobre Berlín,  París y Londres—  y que ahora van a dirimirse en sus propios territorios.

Pero para  los gobernantes que dirigen los países al servicio del capital está bien, porque con el auge del terrorismo no solo eliminan a enemigos molestos como los políticos de izquierda, los dirigentes sindicales, las activistas feministas, sino que provocan el rechazo a los musulmanes en sus propios países. El atentado contra Charlie Hebdo atizará los odios populares contra los inmigrantes, dará argumentos al FN en Francia y a los nazis en otros países europeos para ganar más votos, facilitará el giro a la ultra derecha a los partidos de derecha que son llamados de centro, enconará las rivalidades entre los trabajadores de la misma región y del mismo pueblo y permitirá acentuar la represión contra todo movimiento en defensa de los derechos humanos. El terrorismo, como decía Lenin, da argumentos al poder para arrasar las organizaciones de izquierda de todo tipo: vecinales, sindicales, de mujeres, de estudiantes. La represión se desencadenará con enorme fiereza y los cuerpos de policía y  la judicatura tendrán carta blanca para detener indiscriminadamente, torturar y condenar a toda persona no ya sospechosa, sino simplemente indeseable en la moderna y blanca Francia, y esa ofensiva será acogida con agrado por la mayoría de la población que odia lo extranjero. Hay que saber, para los que claman contra la islamización del país, que Francia tiene sesenta millones de habitantes y únicamente cinco son musulmanes.

Lo peor de todo es que aunque los culpables son más que los fanáticos del Estado Islámico, las víctimas no son ni el presidente de los Estados Unidos ni el del gobierno del Reino Unido ni el de la República francesa. Sino las mujeres, los trabajadores, los pueblos  y los periodistas, inmolados en las hogueras de los incendios que han provocado los que cada día presumen de defender los valores democráticos.

http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/01/09/mas-culpables-y-otros-danos-colaterales/

Respetando a los caníbales: Europa es cómplice del fundamentalismo islámico

No han entendido nada. Los cientos de miles de patriotas, así se llaman ellos, Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente, Pegida, no han entendido nada. Los menciono porque son el último grito en Alemania donde han reunido a decenas de miles de manifestantes en un par de meses. Pero lo mismo podríamos hablar del Frente Nacional de Francia o, simplemente, de esa marea de comentarios que usted se encontrará si se asoma a cualquier foro de internet español donde se mencionen las palabras “inmigración” o “islam”.

Lamentablemente, quienes se apresuran a salir a la calle en contramanifestaciones, normalmente respaldados de boquilla por los gobiernos, para pedir respeto, tolerancia, aceptación de otras culturas, han entendido todavía mucho menos.

Los doce muertos de Charlie Hebdo en París ya no dejan duda: el islam es un problema en Europa. Es muy fácil, y desde luego es señal de buena voluntad, asegurar que los asesinos eran simplemente asesinos, y no tienen nada que ver con el islam, porque “el islam no es eso”. Pero de nada sirve. El islam es eso y es lo contrario.

Sí: el islam también es el policía Ahmed Merabet, que murió por defender a los dibujantes de Charlie Hebdo. Al igual que el cristianismo es el cura rojo de un arrabal de Madrid y el arzobispo de Granada. Como el judaísmo es Abraham Serfaty y aquel rabino que decretó lícita la exterminación de niños palestinos. Como cualquier religión, “el islam” no existe. El islam no es más que la suma de lo que piensan en un momento concreto de la historia quienes se reconocen musulmanes.

Y el problema que tiene Europa hoy es lo que piensan los musulmanes de este continente.

Europa es responsable

Es un problema de Europa y es la responsabilidad de Europa. Los asesinos de los periodistas (si se confirman las sospechas de la policía) son franceses. Nacidos en París. Con apellido magrebí, sí: sus padres proceden del norte de África. Pero esto no disminuye en absoluto la responsabilidad del Gobierno de Francia: estos asesinos pasaron por el sistema educativo francés.

Decir que la culpa la tienen sus padres es no sólo hipócrita (para eso se inventó la enseñanza obligatoria: para asegurarle al Estado control sobre lo que aprenden los niños) sino además es falso. La generación de magrebíes que llegó a Francia hace medio siglo no era islamista ni violenta ni lo es hoy. Hicieron lo posible por integrarse. Son sus hijos y nietos, europeos de toda la vida, quienes han hecho de un cierto islam violento su bandera. Ocurre lo mismo en Inglaterra (vean el atentado del metro de 2005: tres de los cuatro terroristas habían nacido en Reino Unido; uno era converso de Jamaica).

Esta es la responsabilidad de Europa, y no puede sustraerse a ella. Los “patriotas” de derechas están metiendo la cabeza en la arena cuando denuncian la inmigración como causa de los males: ni fueron violentos los musulmanes que llegaron a Europa hace dos generaciones, ni lo son los que llegan hoy. No existe un flujo de yihadistas de Siria, Marruecos o Iraq a Europa. Existe un flujo de yihadistas de Francia, Alemania, Inglaterra, España, Austria hacia Siria. Europa no importa terroristas islámicos: los exporta.

Pedir cerrar la puerta a la inmigración musulmana como hacen tantos “patriotas”, equivale a cerrar las ventanas de una casa para combatir el mal olor de las cañerías.

Concentración en Frankfurt en tributo a las víctimas del ataque contra 'Charlie Hebdo' (Reuters).Concentración en Frankfurt en tributo a las víctimas del ataque contra ‘Charlie Hebdo’ (Reuters).

La metamorfosis

Y son ellos, los “patriotas” de derechas, esos que se manifiestan con una gran cruz para mostrar su oposición a la “islamización de Occidente”, ellos y sus mayores, quienes tienen la culpa que esto sea así. A los magrebíes y turcos que llegaron a Europa en los años sesenta y setenta no les faltaba voluntad de integrarse; explotados como mano de obra barata, les faltaban medios. Empezando con un punto clave: el aprendizaje del idioma. Quizás no hicieron suficiente esfuerzo. Pero no debe olvidarse que cierto racismo de la población (un racismo corriente, dirigido contra cualquier obrero de origen campesino, moreno, turco, magrebí, siciliano o andaluz) les puso un muro adicional, les cerró las puertas, les hizo entender que no eran bienvenidos.

Se replegaron. Ignorantes en todo a lo que se refiere al islam o a la cultura intelectual, literaria, de sus países de origen, criaron a sus hijos en un ambiente suspendido entre dos mundos, sin pertenecer a ninguno. Y también sus hijos se dieron cabezazos contra este muro: hasta hoy, tener un apellido magrebí en Francia hace desplomarse las oportunidades en el mercado laboral.

Se quedaron, pues, en el barrio. Viendo la televisión. Esa televisión que algún día empezó a poblarse, por obra y gracia de la parabólica, con predicadores vestidos de blanco que se dirigían a “los musulmanes”. A ti, sí: a ti. Tu vida tiene sentido ante Dios y la historia, les dijeron, si cumples las leyes divinas y garantizas que tu hermana no se pasee con hombres blancos. Que no se pasee con hombres, vaya.

Así se fue creando el gueto. Un gueto en el que se ha ido cristalizando una extraña cultura que guarda recuerdos de la gastronomía magrebí o turca, pero que se ha modelado según el ideario del islam que han difundido los telepredicadores y los imames del barrio. Estos imames que en han ido apareciendo por doquier, sin que se sepa siempre muy bien quién les paga el salario.

Saudíes en la M-30

En la Mezquita de la M-30 de Madrid lo sabemos, porque colocan orgullosos la foto del rey de Arabia Saudí en sus oficinas. En Alemania, la Diyanet, el Ministerio de Religión de Turquía, tiene bajo control gran parte de las mezquitas. Digo bien: control. Ankara envía supervisores que cambiar regularmente para impedir que se “contaminen” con ideas europeas. Y si bien el islam oficial en Turquía tiene que andar con pies de plomo, por respeto a la Constitución laica del país, en Alemania, un país que no es laico, no tiene cortapisas: puede difundir sin ambages la ideología de sus dirigentes, que los intelectuales turcos califican de “islamismo radical”. Y que los europeos siguen llamando “islam moderado”.

Moderado en comparación con los asesinos de París, querrán decir. Porque para los europeos, todo islam que no es directamente asesino es “moderado”. Ya puede ser todo lo violento que quiera: predicar el velo obligatorio para las mujeres, a medias o integral, decir que mujeres y hombres no deben tocarse, que las niñas no deben aprender música, que ser gay es malo para la salud, que hay que prohibir toda obra literaria o humorística que cuestione lo “sagrado”, que las leyes del Corán son inmutables, divinas y deben estar por encima de la legislación de cada país…

Un predicador islamista puede decir todo esto y más y será cortejado por ministros y presidentes que harán cola para debatir con este portavoz del “islam moderado”. Muchos de estos predicadores habrían ido a la cárcel en Marruecos o Siria por su discurso de incitación al odio, pero Europa les ofreció no sólo asilo sino una tribuna, un debate, el puesto de presidente del consejo oficial de musulmanes, el título de Honorable Caballero y orden de la Reina.

Sí: Europa ha fomentado, no sé si a ciegas o a conciencia, pero de forma activa y continua, de forma criminal, las corrientes más extremistas del islam, financiados desde Arabia Saudí, Qatar, Kuwait y sus vecinos gracias a la marea del petróleo. Desde las cúpulas del gobierno hasta el último alcalde, se ha elevado a los imames, los teólogos, los predicadores al rango de representantes de los colectivos de origen magrebí, turco o pakistaní. Un rango que nunca tuvieron en sus países originales, un poder que sólo pudieron adquirir gracias a la complicidad de las administraciones europeas. Por doble vía: por elegirlos como representantes y por cerrar a estos colectivos toda otra vía de expresarse.

Un niño juega durante el rezo en la Gran Mezquita de Estrasburgo durante el Ramadán de 2013 (Reuters).Un niño juega durante el rezo en la Gran Mezquita de Estrasburgo durante el Ramadán de 2013 (Reuters).

La náusea del multiculturalismo 

Cuando al periodista alemán Günter Wallraff le ofrecieron ser miembro del consejo musulmán local (gracias a su larga trayectoria de defensa de los inmigrantes turcos) aceptó con la condición de leer en la mezquita los “Versos Satánicos” de Salman Rushdie y debatir sobre los límites del arte frente a la religión. No hubo manera. Más tarde intentó que firmasen una declaración contra la lapidación de una mujer iraní. Tampoco.

Y con estos antecedentes hay quien sigue aplaudiendo que las mezquitas en España sirvan de lugar de reunión social y organicen comidas o talleres, en lugar de buscar a los inmigrantes un espacio donde pudieran reunirse lejos del control de los imanes, lejos de sus discursos excluyentes, lejos de frases tipo: “No pueden entrar las mujeres que tengan la regla”.

Europa ha islamizado, durante décadas, la sociedad inmigrante, religiosamente indiferente, que recibió. En plena complicidad con los jeques árabes y sus imperios mediáticos. Los gobiernos han envuelto su actitud en un neologismo venerado hasta la náusea: multiculturalismo. Una hermosa palabra para expresar el racismo de toda la vida. El racismo que preconiza la separación de “lo nuestro” y “lo de ellos”. Sí, también los manuales oficiales nazis decían que todas las razas tenían igual valor, sólo que no conviene mezclarlas. Hoy tenemos valores europeos, sólo aplicables a los blancos de tres generaciones, y hay valores de “ellos” que deben respetarse en “sus comunidades”.

Que más nos da que ellos fuercen a sus mujeres a taparse, qué más nos da que en sus barrios amenacen de muerte a cualquiera que venda alcohol, que más nos da que en sus familias dirimen matrimonio y divorcio según diga el imam. Son ellos, la sociedad es multicultural: respetamos el derecho de cada imam y de cada matón de barrio a oprimir a sus fieles, a castigar a sus hermanas, a imponer su machismo como vea bien. Eso se llama tolerancia. Lo de la tolerancia cero solo es cuando la violencia afecta a las mujeres nuestras.

¿Humillando a los débiles? ¿En serio?

Esto es lo que ha defendido, da vergüenza admitirlo, la izquierda europea. Una izquierda que ha enterrado su cabeza todavía mucho más profundamente en la arena que la derecha. No han aprendido: apenas ha dejado de retumbar el eco de los disparos de París cuando una legión de pensadores de izquierda se ha abalanzado sobre Charlie Hebdo para denunciar que caricaturizar a Mahoma es racista y xenófobo y se burla de los débiles.

Los débiles: como si el islam en Europa fuera la religión de los débiles. No lo es: ese islam que defienden los predicadores europeos, ese de las mezquitas de ostentación, sea la de la M-30 o sea la que pretenden construir en Colonia, de débil no tiene nada. Es la religión de varias monarquías bañadas en oro negro, países cuyos dirigentes son los dueños de Harrods y parte del resto de Londres. Países con dinero suficiente como para financiar cadenas satélite, universidades con becas para todos (a condición de convertirse al islam) y milicias cortacabezas por medio Oriente.

Seguramente también han financiado el mejor gabinete de relaciones públicas del mundo, si la izquierda europea cree que una revista satírica francesa al borde de la quiebra estaba humillando a “los débiles” cuando esta revista desafió la prohibición de dibujar a Mahoma, prohibición que no existe en el islam y de la que nunca han sabido nada los obreros magrebíes o turcos, hasta que no la proclamasen urbi et orbi los teólogos saudíes.

Imagen de una edición especial del semanario francés 'Charlie Hebdo' (Reuters).

Imagen de una edición especial del semanario francés ‘Charlie Hebdo’ (Reuters).Tristemente, nada hace presagiar que los disparos contra Charlie Hebdo vayan a despertar las conciencias europeas. Ya en el editorial conjunto que seis diarios europeos publicaron al día siguiente, se repite tres veces la palabra “Europa” en alusión a la defensa de la libertad de expresión. Como si más allá de sus fronteras no hiciera ninguna falta defenderla: allí no la necesitan, esa libertad, allí son musulmanes de todas formas, es el mensaje.

Bajo este prisma, la derecha vociferará más que antes contra “los inmigrantes”, enarbolará más alta aún la cruz del “Occidente cristiano”, como si el Renacimiento y la Ilustración hubiesen sido posibles sin siglos de ciencia y filosofía árabes, como si Europa no fuera en su integridad un resultado de aquella civilización histórica que hoy llamamos islámica. Como si la Biblia y los mandamientos de la Iglesia fueran un ápice mejor que los del Corán.

El islam ya es wahabí

Y la izquierda probablemente desgastará sus últimos cartuchos de tinta en intentar convencerse a sí misma de que luchar contra siglos de opresión eclesiástica y contra los coletazos de la reciente dictadura nacionalcatólica es justo y necesario, pero que el islam de los saudíes es diferente, exótico, intocable, digno de todo respeto como cualquier rito de una lejana tribu caníbal. Mientras se coman entre ellos.

Esa oleada de islamización saudí no sólo ha alcanzado Europa (y América) sino también a los países que llevan siglos siendo musulmanes. Ya ha practicamente conseguido reemplazar en la conciencia pública la religión que alguna vez se llamaba islam con su ideología particular, la wahabí. Tanto que he dejado de emplear el término “secta wahabí” en este texto y hablo del islam a secas: todo lo que usted ve y se llama “islámico” es ya wahabí.

Este proceso se acelera gracias a Europa: los franceses y belgas de origen marroquí son quienes llevan a Marruecos el ideario radical aprendido en sus guetos. Y fue una española, Marisol Casado, quien criticó a Turquía por no incluir chicas con velo en su vídeo de candidatura olímpica. Europa quiere que las musulmanas lleven velo. Para que se vea que son diferentes. Que no son mujeres sino musulmanas.

Europa, sus gobiernos, sus pensadores, sus demagogos, son el aliado necesario para los dirigentes de la hegemonía islamista financiada con petrodólares cuyo objetivo es convertirse en dueños absolutos de esa sexta parte del globo habitado por musulmanes, o personas forzadas por ley a considerarse musulmanes. Dueños absolutistas, por encima de las críticas, las parodias, las sátiras y las consideraciones de derechos humanos.

Esto no tiene nada que ver con una islamización de Occidente. Europa no es víctima. Es cómplice.

http://www.elconfidencial.com/mundo/2015-01-10/respetando-a-los-canibales-europa-es-complice-del-fundamentalismo-islamico_619350/

Día Internacional del Laicismo y la Libertad de conciencia

Coral Bravo
Retazos, 11/12/2014
Las creencias personales son un asunto privado, el más privado de todos

El pasado día 9 de diciembre los laicistas y librepensadores españoles celebramos el día Internacional del Laicismo; día elegido por la asociación laicista Europa Laica, en su interés por tener una fecha conmemorativa que simbolice el empuje creciente del movimiento laicista español e internacional, cada día más consciente, y más extendido en la sociedad española y en todas las sociedades democráticas.

Europa Laica eligió los 9 de diciembre para tal conmemoración simbólica por referencia a una fecha clave en el desarrollo de las democracias occidentales: el 9 de diciembre de 1905, fecha de la proclamación de la Ley francesa de “Separación Iglesias-Estado”; a partir de la cual Francia se constituyó en un Estado realmente laico y, por tanto, verdaderamente democrático.

Pero, además, se eligió ese día como recordatorio y reconocimiento de una fecha clave también en la historia española, el 9 de diciembre de 1.931; día en que se proclamó la Constitución de la II República Española, hito en el laicismo español por contemplar Leyes y disposiciones de claro carácter laicista, equiparables a la Ley francesa mencionada, y que hizo que, por un breve espacio de tiempo, el laicismo formara real y efectivamente parte de la realidad de los españoles.

Europa Laica ha hecho público, en esta conmemoración, un manifiesto que deja muy clara la nefasta situación actual en España de la laicidad, que, como todos vemos y percibimos día a día, ha vuelto a ser, con la derecha en el gobierno, una utopía, un sueño a alcanzar. Empieza el manifiesto con estas palabras: “…Denunciamos la vulneración que en todo el mundo se hace del derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y expresión, fruto en muchos casos de la enorme influencia que las confesiones religiosas mantienen sobre los gobiernos, de forma muy diversa, marcando las políticas económicas, educativas, jurídicas, etc., en mayor o menor grado. Incluso, en pleno siglo XXI, hay Estados teocráticos y confesionales, en donde el dogma religioso es a su vez la ley civil, y en donde el crimen contra la libertad de conciencia y todo tipo de derechos de ciudadanía quebrantan el Estado de Derecho con toda impunidad.”

Palabras que sintetizan muy bien el indecente confesionalismo que ennegrece el panorama español. Y tan es así que llevamos años escuchando verdaderos disparates supersticiosos e irracionales, ni propios de niños de preescolar, de boca de los mismísimos gobernantes de la derecha, tan pía ella; disparates como encomendarse a los santos para salir de la crisis que ellos mismos han generado, o como destruir el empleo y pedir a la virgen que nos saque de él; o como recomendar a los parados la oración para paliar el estrés que les produce. Todo ello, por supuesto, ya sabemos, mientras algunas fortunas personales, las arcas de la Iglesia y el saldo de diversas cuentas de Suiza y otros paraísos fiscales crecen descaradamente.

No es ningún descubrimiento el hecho evidente de que allá donde se instala la religión se expande el nepotismo y la corrupción, se imposibilita la democracia, se impone la irracionalidad y la superstición, se extiende el fanatismo y la intolerancia, se promulga la incultura y la cerrazón a la hora de percibir el mundo, se detiene el progreso, se coartan las libertades, se frenan los derechos humanos, se anula el librepensamiento, se venera el oscurantismo y la sinrazón, y, atendiendo a lo más prosaico, se vacían con primor las arcas públicas; y privadas, de los que se dejen. No hay más que echar un vistazo a los estragos que hace el Islam en el mundo árabe, tantos como los ha hecho y sigue haciendo el cristianismo en Occidente, es más de lo mismo. Francia se convirtió en el paradigma de las democracias modernas a partir de expulsar a la Iglesia católica de los asuntos de Estado. Los países nórdicos son, igualmente, el único paraíso democrático del planeta precisamente por su laicismo.

A pesar de ello, y a pesar de lo que dice el clero al respecto defendiendo sus intereses, el laicismo no ataca ni desprecia a ninguna religión, ni a ninguna creencia, sea la que fuere. El laicismo exige, al contrario, el respeto a la libertad de pensamiento y de creencia o increencia. Y exige la asepsia confesional del Estado, en tanto que está obligado, como un espacio público, a atender en igualdad de condiciones a todos los ciudadanos, piensen como piensen y crean en lo que crean, en el dios cristiano, en el dios protestante, en Buda, en el becerro de oro o en un burro verde que vuela. Es lo mismo, las creencias personales son un asunto privado, el más privado de todos.

Argumenta el clero que el laicismo es radical. Aunque, como dice el inglés Pat Condell, hay asuntos en los que ser radical no sólo es oportuno, sino necesario. Si queremos vivir en un mundo justo y habitable, hay que ser radical defendiendo los derechos humanos, repudiando el crimen, la misoginia, la crueldad y la tortura, contra humanos o contra animales, dando espacio a la tolerancia, a la cultura, a la igualdad esencial de todos los seres que existen. Dijo Thomas Mann que la tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad. Y, como leí hace poco en el blog del politólogo François Coll, la laicidad no es, tan siquiera, una opinión, sino sólo la libertad de poder tenerla. Y, como dejó escrito el gran Shakespeare hace casi quinientos años, hereje no es el que arde en la hoguera, hereje es el que la enciende.

Coral Bravo es Doctora en Filología

http://www.elplural.com/opinion/dia-internacional-del-laicismo-y-la-libertad-de-conciencia/

Gaza, judíos por la paz

Actualizada 16/07/2014

 

Hay voces valientes, como la de esta ONG Jewish Voice for Peace, autora del vídeo que encabeza este texto, que trabaja por la reconciliación y condena la violencia: los atentados suicidas y los bombardeos sobre Gaza. Otra es la de la periodista israelí Amira Haas, cuyo currículo vital y profesional es admirable.

Hay más; se trata de organizaciones pequeñas aunque muy activas que el Gobierno conservador de Benjamin Netanyahu y el Partido Laborista califican de izquierda radical. Su radicalidad consiste en no comprar el discurso sionista y proponer la solución de los dos Estados, que era el acuerdo alcanzado en 2007 en Anápolis, una cumbre auspiciada por el presidente George W. Bush. Pese a las esperanzas del momento, nada queda.

El siguiente vídeo muestra la falta de objetividad y equilibrio de los medios de comunicación en EEUU. Toma como base el programa de Jon Stewart, una especie de El Intermedio. Su presentador estrella es judío y muy crítico con esta desproporción informativa.

Los movimientos pacifistas israelíes, los radicales, proponen también que Israel no sea un Estado teocrático basado en la religión y la raza: se trata de un verdadero anatema que afecta a la esencia del pensamiento sionista. Desde el nacimiento de Israel en 1948 es un debate aparcado por la existencia de un enemigo exterior. Ese amenaza constante representa una huida, según los críticos como Michel Warschawski. Les recomiendo su libro A tumba abierta (Icaria).

El intelectual palestino Edward Said defendía una idea provocadora, que representaba un paso más en esta línea: que los palestinos se conviertan en ciudadanos israelíes de pleno derecho; es decir, la renuncia a un Estado propio y separado, tal vez inviable, y la construcción de otro binacional, laico y democrático. Es la propuesta que más preocupa a los sionistas: quieren toda la tierra, pero sin palestinos.

Sería una solución lógica: los palestinos están más cerca de los judíos que del resto de los árabes. En estos días de bombardeos sobre Gaza no se han escuchado muchas voces críticas con Israel desde el hermano mundo árabe. Ni las monarquías del golfo, tan activas en Siria, ni Egipto, que con el general Al Sisi al frente vuelve a estar del lado de Washington e Israel. Los palestinos y los judíos originarios de Palestina ya convivieron durante siglos, debe quedar algo en la memoria colectiva de los dos pueblos, solo es necesario sacudirla del discurso constante de los profesionales del odio.

El catecismo de los obispos

03 jul 2014
 
 
 
 

 

La conferencia Episcopal quiere iluminar a la sociedad española con la publicación de Testigos del Señor. Se trata de un catecismo sobre los asuntos sexuales ideado para personas de entre 11 y 14 años. Nadie puede negarle a la Iglesia su valentía. Su campaña en contra del sexo sería mucho más fácil si se dirigiese a gente mayor de 50 años, hombres y mujeres obligados a pactar con los misterios de la vida y con unos cuerpos cada vez más dóciles, menos imaginativos, necesitados de menos decibelios. La vejez se parece a una alcaldesa represiva.

Empeñarse en negarle el sexo a un adolescente es una tarea ardua. No hay reforma laboral que pueda equipararse a la reforma corporal que intentan las sotanas. Las amenazas contra un obrero protestón causan efectos inmediatos. Quien levanta la voz se convierte hoy en un suicida. Pero el infierno y la condenación eterna son poca frontera cuando uno tiene 14 años, cuando uno siente de forma volcánica la llamada de la carne.

El problema se agrava porque la Conferencia Episcopal se contradice a sí misma y deja a Dios en muy mal lugar. Afirma que la identidad sexual es un don de Dios. Tendré, pues, que reclamarle a Dios por todos los vicios, desarreglos y maldades sexuales que me han alterado desde niño. La iglesia está tonta. Para lanzar sus críticas contra la homosexualidad se mete en camisas de 11 varas sobre la identidad y mantiene que es un don de Dios. Bueno, pues si Dios nos da un don y nos hace desde niños como somos, de forma natural y de acuerdo a los instintos personales de cada uno, quiénes son los obispos para llevarle la contraria a Dios. A la Iglesia se le da mejor prohibir por prohibir que dar explicaciones.

La sexualidad y el amor no son un producto de consumo que se elige en un supermercado según el capricho de cada cliente. Bueno, o por lo menos no debería serlo. Si la Iglesia quisiera ennoblecer la sexualidad y el amor, podría hablar del respeto que se merecen las personas y sus cuerpos, de la singularidad de cada uno de nosotros y nosotras. Un cuerpo no es asunto de usar y tirar, algo sobre lo que merece la pena mantener una conversación.

Pero la Iglesia se olvida del respeto, se obsesiona con el pecado y nos convierte en consumidores del sexo. Menos más que la energía religiosa, por incordio que sea, está muy disminuida en Occidente. Hace siglos que aprendimos a distinguir entre el pecado y el delito. Allí donde lo religioso impera a su gusto puedes ser encarcelado, torturado y ejecutado por tu condición sexual. Aquí las cosas no llegan a tanto, aunque el dolor y el malestar que causan los instintos represivos de la Iglesia llenan de sombras innecesarias muchos rincones silenciosos, sin fiesta, de la sociedad.

Es una impertinencia y un acto contra el civismo que la Conferencia Episcopal elija el inicio de las celebraciones del Orgullo Gay para publicar un panfleto contra los homosexuales. Es una impertinencia que el poder, en su afán totalitario, no se limite sólo a controlar las plazas y los sueños públicos y pretenda también entrar en la intimidad, en las alcobas y en el amor de las personas. Es una impertinencia que una institución religiosa o un ministro quieran decidir sobre la idoneidad de un embarazo o sobre la identidad sexual de los ciudadanos.

Y es una locura condenar al infierno por masturbarse a un niño de 14 años. La Iglesia lo tendría mucho más fácil si se dirigiese a la cúpula del dinero español. No me resisto a meter aquí a los banqueros. Los presidentes del Banco de Santander, el BBVA y La Caixa tienen más de setenta años. Deben ser ya muy receptivos a los buenos propósitos sexuales de los obispos. Se interesan en otras cosas. Cobran, por ejemplo, 370 veces más que muchos de sus empleados.

Si la Iglesia tuviese voluntad de ayudar a la comunidad, en vez de un catecismo protagonizado por el sexo y dirigido a adolescentes, debería publicar un catecismo para banqueros y miembros del partido del Gobierno. El no robarás y el no mentirás tendrían así más protagonismo que la masturbación o la falta de respeto a la homosexualidad.

Hace años convenía acabar cualquier discurso con una insolencia contra el obispo. Hoy conviene no olvidarse nunca de los banqueros. La derecha descarnada que ha empobrecido la vida de este país recibe órdenes de los banqueros y los grandes empresarios. Ellos son d verdad los enemigos. Está bien que nos escandalicemos con las cosas de la Conferencia Episcopal. Pero no dejemos que los malvados nos distraigan con la muleta del anticlericalismo. España no tiene un problema con los adolescentes pajilleros, sino con los setentones avaros. Son ellos los que gobiernan el dolor en el reino de los miedos.

http://blogs.publico.es/luis-garcia-montero/1140/el-catecismo-de-los-obispos

Crónica negra de la campaña electoral

Hay que ser español antes que persona

Por JUAN CARLOS ESCUDIER

Madrid 15/05/2014

Ser de extrema derecha no es tan fácil como parece. De entrada hay que elegir en qué grupúsculo militar y la cosa no es sencilla. En Cataluña se puede ser de la Plataforma de Anglada y no complicarse, pero es cruzar el Ebro y el lío está asegurado. Está Democracia Nacional, España 2000, el Movimiento Social Republicano y el Movimiento Católico Español, por poner unos cuantos ejemplos. Se puede empezar en la Asociación Cultural Rey Sisebuto por pura fonética y acabar en Alianza Nacional fusión mediante. O en Falange Española de las Jons y terminar en Falange Auténtica o en La Falange, centrifugado en sucesivas escisiones por ver quién es más ultraderechista.

A estas elecciones se presenta la España en Marcha, que es el no va más del patriotismo, y que agrupa a La Falange, la Alianza Nacional y el Movimiento Católico Español, apoyados todos ellos por el autodenominado Nudo Patriótico Español, el sindicato TNS (Trabajadores Nacional Sindicalistas) y hasta por un diario digital llamado lógicamente Patriotas.es. Uno de sus mayores activos es llevar en sus listas a varios de los valientes que la liaron parda en Blanquerna, la delegación de la Generalitat en Madrid, para boicotear la celebración de la Diada al grito de “No nos engañan, Cataluña es España”. Es una acción de la que se sienten especialmente orgullosos.

La ultraderecha patria hace esfuerzos por unirse y ganar músculo pese a la feroz competencia del PP

Animada por las buenas expectativas de sus colegas europeos, la ultraderecha patria hace esfuerzos por unirse y ganar músculo pese a la feroz competencia del PP, que cuando se pone a jugar de extremo no hay quien le gane. No cree en el sufragio universal, que es un invento nefasto de la Revolución francesa, y si va a las elecciones es para establecer “cabezas de puente en territorio enemigo”. Es antisistema. Dice estar contra el capitalismo salvaje y contra el marxismo. Y trata incluso de modernizarse, aunque sea evitando mencionar a toda costa el nombre de Franco, cuyo recuerdo se limita a algún bigote de la época que se empeña en seguir posado en el labio de un par de nostálgicos.

Este miércoles presentaban en el centro cultural Buenavista de Madrid a su cabeza de lista, Jesús Muñoz, que es el jefe de prensa del sindicato TNS y que, según parece, da de muerte en sus intervenciones radiofónicas en la Inter, la emisora de Intereconomía. No se le vio. Muñoz se recuperaba de una operación quirúrgica y, para que no se dijera que no estaba presente junto a sus camaradas, protagonizó una inusual alocución telefónica, que era como oírle por la radio pero con más ambiente, por eso de las banderas con el águila que colgaban de las paredes.

Peña: “No podemos permitir que nos pase lo que a Estados Unidos, donde los blancos son minoría” 

Muñoz, al que la propaganda de los suyos define como “un español comprometido con los problemas sociales que estamos sufriendo por la pérdida de soberanía”, hizo una declaración del europeísmo que le anima, que es el modelo de Carlos I de España y V de Alemania. “No nos sentimos europeos de esa Europa que nos dice que liberemos terroristas y violadores y perdemos el culo para hacerlo, ni de ese travesti de Eurovisión”, dijo mientras denunciaba que la representante española cantara en inglés, siendo el español “la lengua más bella” que parió Babel. Le faltó quizás introducir ahí uno de los grandes lemas de su sindicato: “Hay que ser español antes que persona”.

El enfermo no dejó títere con cabeza. Arremetió contra los traidores y los corruptos de la “autocrisis”, contra el rescate a la banca y la invasión bárbara de la inmigración, y denunció el paro, el aborto y “la golfería de los sindicatos chaperos”. La dramática situación actual, según explicó, ha conducido al “valiente pueblo español” a transformarse en una “masa informe sin agallas”. Tras su llamamiento a la unidad de los patriotas, se escuchó el primer “arriba España” de la tarde, rápidamente secundado por un público ansioso de levantar la mano.

Como se ha dicho, ser de extrema derecha en España no es sencillo. Requiere ciertas nociones de historia entresacadas de la Enciclopedia Álvarez para no perder comba en los actos públicos. Hay que conocer bien a Don Pelayo y a los Reyes Católicos y estar preparado por si los reyes godos aparecen en escena. Felipe II y el imperio en el que no se ponía el sol es materia obligatoria y, en ocasiones, hasta Alfonso X entra en el examen. Sin embargo, lo más difícil es ser patriota.

José Luis Corral: “La lucha por la patria no es un juego y si Dios nos ha creado en este momento es porque cree en nosotros”  

“Hay que vivirlo, lanzarse al agua”, insistió José Luis Corral, el presidente del Movimiento Católico Español. “La lucha por la patria no es un juego y si Dios nos ha creado en este momento es porque cree en nosotros”, añadió. Su comparación fue gloriosa. Tal y como reseñó la Guerra de la Independencia fue una sucesión de derrotas hasta la victoria final, en la que fue determinante la indomable acción de las guerrillas. Ese el ejemplo a seguir: “Venceremos cuando Dios quiera”. Como no podía ser de otra forma se gritó “arriba España” y un sentido “viva Cristo Rey”.

Lo más grande estaba por llegar. Comparecía en la tribuna Pedro Pablo Peña, jefe de Alianza Nacional, para detallar los principales hitos que les animan, especialmente el de combatir la amenaza de las inmigraciones masivas. “Hay que reclamar el derecho de sangre” toda vez que lo que está en juego es la propia identidad. “No podemos permitir que nos pase lo que a Estados Unidos, donde los blancos son minoría”, añadió. En su opinión, lo que ha de marcar el camino de Europa es el cristianismo, ya que fue la cultura grecorromana y cristiana quien puso sus cimientos. “No admitimos otra”.

“En nuestras filas no caben liberales y demócratas”, añadió un crecido Peña, que rozó la apoteosis con su proclama final: “Queremos abolir la Constitución y la Monarquía”. Arreciaron los aplausos.

Pasaban las nueve y cuarto de la noche cuando se dio por concluido el acto con la concurrencia puesta en pie saludando a la manera fascista las alegres notas del himno nacional. Era la hora convenida porque el empleado del centro que les acogía terminaba su jornada y la extrema derecha, otra cosa no tendrá, pero respeta los horarios. Faltaba sólo la foto de familia con los patriotas más jóvenes y animosos. No llevan camisa nueva sino camisetas y los más elegantes, el tradicional polo de Lacoste. En España empezaba a anochecer.

http://www.publico.es/520890/hay-que-ser-espanol-antes-que-persona

Abuso sexual de menores en la Iglesia católica: contra la fe no hay razones

JOAQUíN MAYORDOMO | 7/2/2014
 

El Papa Francisco saluda a los fieles durante la Audiencia Pública celebrada este miércoles, día 5, en la plaza de San Pedro. / Alessandro di Meo (Efe)

El tenebroso mundo de la pederastia en el seno de la Iglesia católica, sobre el que todo el mundo ha tenido información puntual y frecuente en los últimos años, pero al que nadie parecía estar dispuesto a enfrentarse para hacer justicia, ha estallado en Ginebra. El Comité de la ONU sobre los Derechos del Niño ha dicho ¡basta! y ha acusado al Vaticano de “encubrir los crímenes sexuales” perpetrados con menores en el seno de la Iglesia. En el informe publicado por este Comité se acusa abiertamente a la jerarquía eclesiástica de incumplir sus compromisos, tras adherirse, en 1990, a la Convención sobre los Derechos del Niño. Su presidenta, la noruega Kirsten Sandberg, ha señalado que las autoridades eclesiásticas han impuesto un código de silencio y prefieren preservar la reputación de la Iglesia y proteger a los responsables de los abusos por encima del interés supremo de los niños.

Así que, harta ya, la ONU ha apuntado directamente a la Iglesia con el dedo: “Los abusos”, han dicho en Ginebra, “se siguen cometiendo de forma sistemática mientras la inmensa mayoría de los culpables disfruta de total impunidad”. A lo que en las altas instancias de la Iglesia han respondido que ellos no son responsables de lo que pueda hacer cada católico… Y qué entre los 40 millones de abusos sexuales a menores que, se calcula, se cometen en el mundo cada año, son una minoría los que tiene autor religioso. ¿Y esto que tiene que ver, pregunto yo, para que se oculte y se proteja a los culpables?

Estudié en un internado de frailes y, aunque no tuve experiencias directas, algo supe de lo que ocurría en aquel mundo oscuro de hombres solos, de niños solos, de amansado erotismo y castrados sentimientos. Ya como profesional, he tenido ocasión de abordar en repetidas ocasiones los abusos sexuales a menores. Con frecuencia lo recuerdo: una de las experiencia más duras que he tenido en este oficio de contar historias fue el día que entrevisté a una madre y su hija de 15 años para escuchar como describían los abusos sexuales sufridos por esta niña y su hermana pequeña de un padre ingeniero y su panda de amigos, encabezada por un cura. Nunca lo he olvidado.

La ONU, que nada tiene que ver con la fe, sino con la ley y la razón, exige ahora a la Iglesia católica que salvaguarde a la infancia del abuso que sufre por parte de esos hombres enfermos y denuncie a los culpables. Y la Iglesia, en lugar de enfrentarse a la realidad, asumirla y depurar responsabilidades, va y se escuda en la doctrina y apela a ‘razones’ de fe para acusar a la ONU, a su vez, de interferir en la libertad religiosa. Lamentamos, dicen el Vaticano en un comunicado “ver en algunos puntos del informe un intento de interferir en las enseñanzas de la Iglesia católica sobre la dignidad de las personas y el ejercicio de la libertad religiosa”, para añadir a continuación que “protegerá los derechos de los niños según los valores de la doctrina cristiana”. Y se quedarán tan frescos… ¡Qué cinismo!

Pero, bueno, ¿es que nunca podrá la sociedad conseguir que las religiones y sus practicantes se sometan a la ley civil, en lo que atañe a comportamientos sociales? Quiero pensar que en esta ocasión —¡hago un voto de optimismo!— la Iglesia apostólica y romana va a “pinchar en hueso” en su confrontación con Naciones Unidas y, por una vez, tendrá que aceptar que la ONU le fiscalice sus cuentas éticas en relación con la justicia, en lo que a denuncia y castigo se refiere de los religiosos pederastas. Si no es así, el mundo oculto y terrible del abuso a menores seguirá engordando sus interminables listas de víctimas.

¿Víctimas? Las ha habido y las hay. ¿Las habrá siempre? Con instituciones como la Iglesia católica, es muy posible. Según Save the Children, organización internacional que se ocupa de los derechos de la infancia, en un país como España —¡moderno, desarrollado y desinhibido sexualmente a tenor de lo que opinan los jerarcas de la Conferencia Episcopal!— un 23% de las mujeres y un 15% de hombres han sufrido algún tipo de abuso o agresión sexual antes de los 17 años. Aunque hoy otras fuentes, como la Asociación de Mujeres para la Salud, que esta cifra la elevan hasta el 30%. Lo que si es verdad, independientemente de las cifras, es que el abuso sexual de menores (niñas, niños; da lo mismo) es práctica extendida, común a la mayoría de sociedades y países. Y es que, en una sociedad regida por hombres, con sus códigos y normas machistas, el abuso sexual cometido con menores se oculta primero y después se manipula hasta culpabilizar a las víctimas. Hasta tal punto ocurre esto, que una amplia mayoría social piensa, casi siempre, que la víctimas es la culpable o que ésta se inventa el abuso; algo que aún es más grave. Y para muestra, este ejemplo, que no me resisto a rescatar aquí de un reportaje que publiqué en El País, en 2006. “Yo era una niña, y él era mi padre. Cuando al fin lo denuncias, todos te dan la espalda, nadie te cree y te tiran como a una muñeca rota… Si somos las víctimas, ¿por qué lo perdemos todo? Perdemos al padre y a los abuelos; a los primos, a los amigos… Ni los jueces nos creen”.

Pues así están las cosas. Por eso el comportamiento de la autoridad vaticana en este tema es tan deplorable. Con la salud de los menores no se juega; porque éste, que nadie lo dude, es asunto de salud también. Una gran mayoría de las personas que sufren abusos sexuales viven luego una vida extraña, en la que los desequilibrios emocionales y secuelas psíquicas son permanentes.

El abuso sexual de menores es un drama, una tragedia, que entre otras cosas refleja esa parte animal que todavía los humanos llevamos dentro. Los propios abusadores han sido antes víctimas de abusos, en la mayoría de los casos; de ahí que sean incapaces de aceptar, ni siquiera de reconocer, ese comportamiento perverso. Esto es lo que choca: “Quién abusa sexualmente de un menor cree, con frecuencia, que no está haciendo nada malo, porque es la experiencia sexual que él ha tenido”, me decía en una ocasión, el pediatra y especialista en abuso a menores, Juan Gil. Por eso, según decía este experto, apenas se denuncia un 2% de los casos. Y, quizá también por eso, la Iglesia, amparada en esa fe intangible que la mueve, prefiera mirar para otro lado y quien abusa… Pues que siga abusando “en otra parroquia o en otro país”, como le recuerda la ONU, cuando la acusa de no hacer nada a este respecto.

http://www.cuartopoder.es/atusalud/abuso-sexual-de-menores-contra-la-fe-no-hay-razones/2678

Beatos y cínicos

 

JOSÉ MARÍA GARCÍA MÁRQUEZ* 14/10/2013

 

Vaya por delante que en mis investigaciones no me he tropezado nunca con ninguno de los religiosos beatificados el pasado 12 de octubre en Tarragona. Y de veras que lo lamento, aunque de todas formas existe un problema operativo: las declaraciones de los testigos en las causas de beatificación son secretas y los historiadores no pueden verlas. De tal forma que sería imposible contrastarlas con otras y con diversas fuentes documentales. Ese secretismo, que sería inadmisible en una disciplina científica como la historia, sigue siendo practicado por la Iglesia católica. Así, por ejemplo, si la Iglesia nos dice que fulanito murió “perdonando a sus verdugos”, tendremos que utilizar la “fe” para creerlo, pues no podremos contrastar al testigo que supuestamente presenció la muerte del beato y, por tanto, contradecir o negar su testimonio. Es una práctica vieja esta del secretismo en la Iglesia. Siempre les ha ido bien con ella y no tienen, por tanto, que cambiarla.

Además, esas cosas para la Iglesia son terrenales y es cuestión de darles tiempo. A veces, incluso, consideran que deben de reconocer algo y entonces no tienen inconveniente en confesar ciertos errores de la Iglesia, como ocurrió con Galileo. El problema, claro, es que cuando llegó esta confesión de la mano del papa Wojtyla, Galileo llevaba más de tres siglos muerto y, no obstante, la comisión que creo el mismo papa determinó que la postura de la Iglesia había sido la correcta y que Galileo anduvo equivocado, postura que el siguiente papa Ratzinger ratificó íntegramente. Y eso en el caso de Galileo. No sabemos que habría hecho el papa Francisco que, en otro gran ejercicio de fe para los contrarios, nos dice ahora que nunca ha sido de derecha.

En nuestro país tampoco la Iglesia fue nunca de derecha durante la Segunda República y la dictadura. Es cierto. Su posición se situó en la extrema derecha y así continuó durante años hasta que la descomposición de su gran aliado, el franquismo, le hizo adoptar precipitadamente posturas más acordes con los tiempos que se avecinaban. Como decía el historiador Ricard Vynes: la Iglesia no colaboró con el franquismo, la Iglesia formó parte del franquismo. La beligerancia de la Iglesia la colocó con claridad junto a los militares golpistas y terratenientes y, como ellos, recibió la violenta contestación de la exacerbación popular desatada por el golpe. No había ninguna diferencia en la fe de los militares golpistas, los falangistas, requetés o patronos y terratenientes con los religiosos. ¿Y estos serán llamados mártires y aquellos simplemente muertos? Fueron más, muchos más aquellos que los religiosos muertos. ¿Por qué después de conspirar unidos, de combatir unidos a la República, ese interés en diferenciar sus muertos de otros?

Como les decía, no he podido investigar esos religiosos beatificados en Tarragona, no es el ámbito territorial en el que desarrollo mi trabajo, pero sí he tropezado con otros casos de religiosos muertos, incluso algunos de ellos también beatos.

Constantina, por ejemplo, fue el pueblo sevillano donde más se atentó contra la vida de religiosos. De los catorce religiosos que murieron en la provincia de Sevilla (menos de los que los franquistas mataron en el País Vasco), tres fueron asesinados en aquel pueblo. El problema es cómo explicar por qué dos sacerdotes más (uno de ellos especialmente querido en el pueblo por su amistad con los pobres) y las religiosas del convento de la Doctrina Cristiana, fueron respetados sin que nadie atentara contra ellos. ¿Es que la fe de los tres primeros era distinta de los demás? No. Por supuesto que no. La “persecución” no se llevó a cabo contra la Iglesia o contra la fe, sino contra algunos miembros de la Iglesia, que es bastante diferente. En Morón de la Frontera, después del golpe, se llevó a cabo la detención de más de treinta derechistas y entre ellos tres salesianos. Un cuarto no fue molestado, al igual que los otros ocho religiosos que había en el pueblo y tampoco sufrieron agresión física alguna las monjas Jerónimas del convento de Santa María, las Concepcionistas del convento de San Juan de Dios y las monjas de la Caridad del Hospital Municipal. ¿Se estaba persiguiendo la “fe” de los tres salesianos detenidos únicamente? ¿Y el resto? ¿Eran descreídos, quizá? Las medias verdades siempre suelen terminar en grandes mentiras. Pero hay más.

Dos de los salesianos que resultaron muertos (el tercero sobrevivió) fueron declarados mártires de la fe en la masiva beatificación de 2007. Pero no murieron por su fe, ni mucho menos, incluso uno de ellos, el salesiano José Blanco Salgado, estuvo disparando contra los trabajadores desde el cuartel de la Guardia Civil (es obvio que pese a lo que diga el papa Francisco, no es muy imitable este mártir). Su muerte fue miserablemente provocada por el teniente de la Guardia Civil José Chamizo para intentar él mismo salvarse con los suyos, obligando a un grupo a salir del cuartel para poder escapar a fuego limpio por otra calle. ¿Dónde están los testimonios de la beatificación de estas personas? Me gustaría verlos, porque la información de la que disponemos (publicada y documentada) no guarda relación alguna con el martirio de estos hombres. Y estos casos en absoluto pueden negar que otros religiosos hayan sido asesinados por el mero hecho de serlo, pero evidencian la forma en que se han llevado a cabo los masivos procedimientos de beatificación. Los crímenes cometidos contra religiosos, como contra cualquier persona, fueron abominables, pero hay que saber medir el alcance y la utilización de todos ellos. Los debates tienen que ser claros, públicos y documentados, lo demás es historia sagrada, no historia.

Por cierto, todavía la Iglesia de Morón tiene pendiente una deuda, una gran deuda con los cuatrocientos cuarenta vecinos muertos y ochenta y cinco en paradero desconocido identificados que ocasionaron los sublevados. Total, algunos dirán que qué son 525 víctimas moronenses comparadas con la inmensidad del océano. Pues yo les diré lo que son: tres más que los 522 beatos del 12 de octubre, y estamos hablando solamente de un pueblo andaluz, con beatos y todo, donde la Iglesia sigue en silencio. ¿Olvido? ¿Cinismo? Será sencillamente que necesitan más de tres siglos como con Galileo. Y dicho sea de paso, ¿qué hace un ministro de justicia en un acto como ese cuando el gobierno que representa no cumple una Ley como la de Memoria Histórica? ¿No quedamos que es un acto exclusivamente “religioso” como dice la Conferencia Episcopal?

¿Para cuándo la Iglesia arrodillada ante las víctimas de la sublevación y la dictadura? Señor Rouco ¿está usted ahí?

*Investigador e historiador

http://www.publico.es/474646/beatos-y-cinicos

 

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