Solidaridad con las 17 mujeres presas por abortar en El Salvador

Post on 17/06/2014 by Carmen Castro

Abortar en El Salvador se paga con la vida propia y también con la cárcel; entre 30 y 40 años es la condena que recae sobre alguna de las 17 mujeres presas actualmente. La Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto Terapéutico, Ético y Eugenésico  y organizaciones feministas de El Salvador llaman a una campaña de solidaridad internacional con las 17 mujeres presas por abortar en El Salvador.

Esta campaña denuncia la crueldad con que algunas legislaciones en el mundo someten a las mujeres, vistas como meras incubadoras sin derecho a decidir sobre sus vidas ni sus cuerpos. La legislación más cruel de las existentes es la de El Salvador, que penaliza el aborto de manera absoluta, prohibiéndolo aún cuando es necesario para salvar la vida de la mujer e imponiendo severas sanciones penales para las mujeres y los médicos. Bajo las leyes actuales en El Salvador, cualquier persona que realice un aborto con el consentimiento de la mujer o una mujer que se auto-induce o que consiente para que otra persona le induzca su aborto puede ser encarcelada  hasta por ocho años. En la práctica, muchas de mujeres terminan siendo procesadas y condenadas por homicidio agravado que se castiga  hasta con 40 años de prisión.

El 1 de Abril de 2014, la Agrupación Ciudadana por la despenalización del Aborto y organizaciones feministas de El Salvador presentaron ante la Asamblea Legislativa 17 solicitudes de indulto, una por cada una de las mujeres que fueron perseguidas, acusadas y condenadas, sin contar con el apoyo legal apropiado para ser escuchadas y defenderse adecuadamente. Todas ellas fueron acusadas por personal de salud pública cuando llegaron desangrándose en busca de ayuda médica, por presentar complicaciones médicas por un aborto espontáneo; y fueron denunciadas, acusadas y procesadas inicialmente por aborto, pero luego les cambiaron el delito condenándolas por homicidio agravado, lo que es permitido por la ley nacional. Aún siguen presas.

Como dice el comunicado de la Plataforma Feminista por el Derecho al Aborto de Euskalherria, lo que está en juego es el uso que los gobiernos hacen sobre el cuerpo de las mujeres como moneda de cambio con los sectores más ultra católicos y patriarcales de la sociedad.

La campaña de solidaridad internacional reclama la libertad para las 17 mujeres presas por abortar en El Salvador para que puedan continuar con sus vidas.

Puedes sumarte a la campaña ‘Una Flor para las 17′ para que su vida no se marchite’ de diferentes formas:

  • Acudiendo hoy, 17 de Junio de 2014, a alguna de las concentraciones convocadas en muchas ciudades ante las embajadas y consulados de El Salvador con la finalidad de pedir al Congreso salvadoreño el indulto para las 17 mujeres.
  • Enviando tu foto con una flor y tu nombre al correo unaflorporlas17@gmail.com
  • Difundiendo en las redes sociales la campaña internacional; y si tienes perfil en twitter, puedes utilizar las siguientes etiquetas: #17J #LibertadAlas17 #17MujeresCondenadas
  • #ElSalvador #AbortoLibre #FeminismoenRed súmate y haz RT

Solidaridad_Las17_ElSalvador

http://singenerodedudas.com/blog/solidaridad-con-las-17-mujeres-presas-por-abortar-en-el-salvador/

Yo torturado

Por Roberto Valencia

  • La sinopsis de lo que le sucedió a Dani diría así: un miércoles de febrero dos hombres armados lo bajan de un microbús, lo llevan a un oscuro pasaje de una colonia controlada por la Mara Salvatrucha, y lo golpean hasta desfigurarlo.
  • Nada extraño en un país como El Salvador. Dani incluso podría considerarse un afortunado; puede contarlo.
  • Sus agresores siguen trabajando en lo suyo, amparados en un sistema que parece fomentar la impunidad, en especial cuando las víctimas son de los estratos más bajos de la sociedad.
  • Sus agresores son policías.

“Ya me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente”

Monseñor Óscar Arnulfo Romero, diciembre de 1977.

La hora de visita es de 1 a 2 de la tarde y son casi las 8 de la noche. El vigilante no tendría por qué haberle dejado, pero Norberto Fernández, Beto, ha logrado entrar en el Dr. José Molina Martínez, el único hospital público de Soyapango. La súplica para que le permitan ver a su sobrino siquiera unos minutos lo ha convencido. Beto conoce el centro y va directo al pabellón de  Cirugía-Hombres. Emboca el pasillo central y camina ligero mirando a los enfermos, la cabeza inquieta a un lado y a otro. Recorre el galerón entero, sin éxito, da media vuelta, y regresa para preguntar a la única enfermera que se ha cruzado en la ida.
—Disculpe, aquí es Cirugía-Hombres, ¿veá?
—¿Busca a alguien?
—A mi sobrino. Se llama Dani… Carlos Daniel Fernández. Lo ingresaron ayer noche. Tiene 17 años…
La enfermera se gira, camina un par de pasos, verifica un cartoncito, y da por terminada la conversación con un lacónico este es.
Tirado sobre una estrecha camilla hay un joven con un aparatoso vendaje en la cabeza que le cubre las heridas y el cabello teñido de rojo. A Beto le cuesta relacionarlo con la imagen mental de su sobrino. El rostro lo tiene descubierto, pero deformado por la hinchazón y con grandes llagas y manchas de sangre coagulada. Beto se acerca y comienza a orar, a pedir al Señor que lo saque de esta. Le agarra la mano, y Dani, al sentirla, se esfuerza por apretar la suya y abre los ojos con timidez.
—Tío… –susurra.
—Gracias a Dios. ¿Qué te pasó, m’hijo? ¿Quién te ha hecho esto?
—Los policías, tío, los policías me golpearon…

***

Hoy es 1 de febrero de 2012, miércoles, un día sin estridencias, de esos en los que parece que no sucede nada llamativo: el cielo azul de la estación seca, la campaña electoral que monopoliza los noticieros, el termómetro arriba de los treinta grados centígrados, protestas en los hospitales públicos, dieciocho asesinatos registrados por la Policía… Pura rutina salvadoreña.
Dani tiene día libre. Lo ha pasado en casa, en familia, pero a eso de las 3 de la tarde toma un bus de la ruta 41-D hasta el centro de San Salvador. El punto de reunión con sus amigos es la plaza Morazán, y ahí permanecen, sentados y platicando, hasta que se juntan seis. Dani viste como podría hacerlo cualquier otro joven de 17 años: camisa blanca con rayitas horizontales, jeans, tenis blancos y cachucha negra. Lo singulariza su pelo, teñido de rojo desde la coronilla hasta la frente. Lo lleva así porque estudió Cosmetología y trabaja en un salón de belleza.
—En mi trabajo uno tiene que andar fashion –me dirá otro día–, para que la gente tenga una buena imagen de uno.
Los seis cheros deciden tomar dosquetrés, recorren las dos cuadras de distancia que hay de la plaza Morazán al parque San José y entran en el chupadero-disco acostumbrado. Para cuando Dani termina su tercera cerveza Golden ya ha anochecido, y por un momento duda entre regresarse a casa o continuar tomando y dormir en algún hospedaje, como ha hecho otras veces. Opta por irse. Al rato se despide y se dirige solo a la parada de la ruta 3-microbús, a un costado del parque San José. Son las 8 de la noche cuando aborda la unidad.
Dani vive en el cantón El Limón de Soyapango, de Unicentro hacia el norte. En este cantón de colonias urbano-marginales mal ensambladas residen más de cuarenta mil personas, y es un hervidero de maras. Cuatro clicas de la Mara Salvatrucha (MS-13) controlan las cinco etapas de la urbanización Las Margaritas, y la facción de los Sureños del Barrio 18 manda en Montes IV, en Santa Eduviges, en la San Francisco, en Villa Alegre, en la San Antonio, en San Ramón y en el sonoro reparto La Campanera. También opera de forma marginal la Mao-Mao.
La casa familiar es de adobe y bambú, con techo de láminas, y se ubica en una zona semirrural, el asfalto a no menos de 400 metros. El área está salpicada de placazos (grafitos) del Barrio 18. De unos meses para acá los patrullajes de soldados y policías son habituales, pero en el fondo no ha servido de mucho: los de la distribuidora de energía eléctrica apenas llegan a leer el contador por miedo a los pandilleros y finan el consumo con promedios. Si bien ir desde la lotificación donde está la casa hasta el reparto La Campanera toma no menos de 20 minutos caminando a buen ritmo, a todas las comunidades satélite del sector se las conoce como Las Campaneras. Dani vive con su madre, varios chuchos, su padrastro, dos hermanos menores –él y ella–, pollos, gallinas y una niña de un año que cuidan como si fuera propia.
Dani no es pandillero. Para nada.
El microbús que ahora lo regresa a casa no va muy lleno, todos sentados. La idea es bajarse en la parada del centro comercial Plaza Mundo, cruzar la pasarela del bulevar del Ejército, caminar hasta el centro de Soyapango, y tomar un bus de la 49. El tráfico está pesado, y a Dani el sueño le cierra los ojos apenas se recuesta sobre la ventana. Va dando cabezadas y, al despertar de una, se da cuenta de que ha subido una pareja de policías, los únicos parados. Nada anormal. Vuelve a dormitar.
Cuando reabre los ojos, el microbús está llegando al paso a dos niveles ubicado después de Plaza Mundo, donde está el desvío a la urbanización Sierra Morena. La reacción al ver que ha pasado su parada es levantarse y caminar hacia la puerta, pero uno de los policías se cruza y con la cabeza le indica que regrese a su asiento.
—Vamos a ir a la delegación –dice con tosquedad.
Dani conoce Sierra Morena y sabe que en efecto hay una delegación, por lo que en principio prefiere no alterarse. Son además agentes en toda regla: uniformes, placas doradas, cachuchas oficiales, pistolas, macanas…
El microbús pasa de largo la parada de la delegación, y Dani comienza a inquietarse. Recuerda un consejo que algún día le dio su padrastro para estas situaciones, e intenta ver los números de identificación bordados en el pecho, pero un fuerte golpe en la cabeza subraya la orden de mirar solo al piso. Le ordenan que baje una o dos paradas antes del punto de los microbuses. Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine. Sigue leyendo