Más culpables y otros daños colaterales

Lidia Falcón
09 ene 2015

En recuerdo y homenaje a los compañeros asesinados en Charlie Hebdo

Son unos monstruos los que han asesinado a los periodistas y el policía en la sede del semanario Charlie Hebdo (por cierto, ¿no había ninguna mujer en el consejo de redacción de la revista?). Son unos monstruos formados en las horribles enseñanzas de los fundamentalistas islámicos y no hay palabras para describir la conmoción, la tristeza y el espanto que nos embarga. Pero lo más terrible es que estas eran unas muertes anunciadas.

Y no sólo porque los periodistas de la publicación estaban condenados  por los ayatolás desde hacía tiempo y tanto el Ministerio del Interior francés como la policía lo sabían perfectamente, por eso disfrutaban de “protección” permanente, sino porque a partir de 1979 el “Occidente” democrático ha incubado, alentado y financiado a los  talibanes, los muyahidines, los ayatolás o las madrasas (escuelas) integristas, creando un movimiento islámico destructor de toda civilización que ahora no pueden controlar.

Afganistán fue la última trinchera, la última confrontación bélica de la Guerra Fría. La guerra de Occidente contra ese país comenzó en 1978, cuando se produjo la Revolución de Saur, que hizo de Afganistán un Estado Socialista gobernado por el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). Fue entonces cuando el gobierno de Estados Unidos inició la operación Ciclón en el contexto de la Guerra Fría, suministrando armas y una amplia financiación a los rebeldes islámicos muyahidines que desestabilizaron el país hasta tal punto que menos de un año después el Consejo Revolucionario solicitó la intervención del Ejército Soviético. Las fuerzas soviéticas intentaron, en los diez años que duró su presencia en el país, modernizar una sociedad que comenzaba a evolucionar hacia la igualdad social, económica y sexual. Pero ni el gobierno de Estados Unidos ni el del Reino Unido, con el apoyo explícito de los demás gobiernos europeos, iba a permitir que en la frontera de Pakistán, donde estaban instalados los misiles de largo alcance de la OTAN,  se instaurase un gobierno socialista. La intervención soviética indujo inmediatamente a rebelarse a los guerrilleros muyahidines. EEUU, Israel, Pakistán y Arabia Saudí financiaron y armaron a las más salvajes tribus afganas contra el gobierno soviético. Que la mayoría de la población afgana no estaba contra el poder soviético lo demuestra el hecho de que a pesar de la ingente cantidad de recursos que invirtieron esos países en alentar la sublevación popular no se produjo en diez años ningún brote de la misma. Es bueno leer la novela del escritor estadounidense de origen afgano Khaled Hosseini, Mil Soles Espléndidos, donde describe el avance pacífico que habían experimentado las mujeres y los trabajadores bajo la protección soviética y el horror que se implanta más tarde con la dictadura de los talibanes.

Pero la derrota de las tropas soviéticas no concluyó la guerra. Ni en Afganistán ni en el resto del mundo. Era preciso acabar con todos los países socialistas. El desastre de Yugoslavia vino más tarde. Y los gobiernos democráticos de las potencias occidentales que se felicitaron por la caída del Muro de Berlín y auguraron el “fin de la historia” no fueron tan listos para comprender y predecir que habían incubado los nidos de mil serpientes. Pero tampoco creo que les importe mucho. En realidad, de los desastres de la guerra las oligarquías, a las que sirven esos gobiernos, que controlan los negocios del armamento y de la reconstrucción siempre salen ganando. Organizaron las invasiones de Afganistán e Irak y han dejado esos países destrozados, después de un millón de muertos, y a las tribus más salvajes enfrentadas entre sí. Las primaveras árabes se convirtieron en el caos egipcio y en las guerras de Libia y de Siria, promovidas por los mismos poderes estadounidenses, para cortar todo avance de los movimientos obreros de esos países. Siempre está antes alimentar el monstruo fanático religioso que permitir la instauración del socialismo.

De ese modo, desde la década de los noventa, comenzó el horror que estamos sufriendo. Todos. Los cristianos y los musulmanes, los ciudadanos de países occidentales y los de los países orientales. Mucho más sufrimiento es el de los países africanos como Nigeria o Yemen y por supuesto Afganistán, cuyo tormento es inacabable, e Irak, Irán, Libia, Siria. Se trata de aniquilar cualquier  movimiento socialista, de hundir el posible poderío de naciones no alineadas con Israel y Estados Unidos, y de abandonar a su suerte a las desgraciadas poblaciones de esos países, especialmente a las mujeres.

Ellas son las principales afectadas, dado el odio que sienten esos fanáticos contra las mujeres, que, en todo caso, para el Departamento de Estado de EEUU y los demás compinches europeos no constituyen más que daños colaterales.

Nunca en el último siglo, incluso desde finales del XIX, las mujeres musulmanas han sido tan maltratadas, tan despreciadas, tan humilladas, tan odiadas por sus propios hombres: padres, maridos, hijos, hermanos, compatriotas. Un corresponsal español en la guerra de Afganistán comentaba: “Estos hombres no tienen madre, ni esposa, ni amantes, ni hermanas, ni hijas, ni amigas. Únicamente enemigas”.

En los años setenta, cuando Vietnam estaba a punto de derrotar al imperio americano y las revoluciones socialistas se sucedían, en Marruecos, en Argelia, en Egipto, en Irak, en Irán, en Siria, en Libia, en Afganistán, la mayoría de las mujeres vestían faldas cortas, llevaban los cabellos al aire y ocupaban muchos puestos de trabajo. Es patético verlas ahora envueltas en largas túnicas, tapándose el pelo y hasta la cara como si fueran leprosas y apartadas de todo escenario público. En Siria, en Jordania ninguna mujer es dependienta de comercio, hasta la ropa interior de señora la venden los hombres.

La derrota de los intentos socialistas ha conllevado la masacre de las mujeres, que aumenta día a día. Las normas del más salvaje patriarcado se han impuesto. En el norte de Nigeria se las lapida por adulterio y los asesinos del Estado Islámico secuestran niñas por centenares para adjudicárselas como esposas a los combatientes;  en Arabia Saudí  no tienen consideración de ciudadanas y por tanto no pueden conducir automóviles ni trabajar; se las persigue en Irán como apestadas por no llevar velo o vestir trajes “poco decentes”; se las casa a los diez años en Yemen, y en todo oriente, incluyendo Pakistán y Bangladesh, se impone la poligamia y el matrimonio eventual, una manera de llamar los islamistas a la esclavitud sexual. Se las mutila sexualmente, se las vende como ganado, se las mata por cualquier motivo: en India para cobrar la dote de otra esposa. Hace unos días, en Yemen, un padre había acusado de adulterio a su hija de DIEZ años, y para averiguar quién era su amante la torturó durante horas, hasta que como la niña lo negaba le pegó dos tiros en la cabeza. Las asociaciones de Derechos Humanos, la ONU y organizaciones feministas explican que la miseria, los desplazamientos de población ocasionados por las guerras, los campamentos de refugiados donde se hacinan en condiciones infrahumanas millones de huidos de sus países natales han hecho proliferar la venta de niñas y muchachas para la prostitución y el trabajo esclavo, las violaciones, los raptos y la explotación más inhumana.

La lucha que el Movimiento Feminista ha desarrollado, ¡con tanto esfuerzo!, durante más de doscientos años ha fracasado trágicamente en esas áreas del planeta. Hasta en la que fue avanzada Turquía, ese presidente Erdogan que los gobernantes occidentales veneran llamándole islamista moderado, porque es el principal aliado de la OTAN en la zona,  está imponiendo cada vez más las normas musulmanas. Afirmaba incluso hace poco que la principal tarea de  las mujeres era la maternidad, y que no deben de reírse en público.  Las mujeres del Medio Oriente y de India, Pakistán,  Bangladesh y los países africanos, donde triunfa el fundamentalismo islámico, están abandonadas a su maldita suerte en las manos de los criminales de sus hombres. Esos que no tienen ni madre, ni amigas, ni hermanas, ni amantes, ni hijas, sino únicamente enemigas.

Pero ningún gobierno de los países democráticos considera que hay que defenderlas,  como se hizo contra el apartheid con la población de raza negra en el caso de Sudáfrica, estableciendo las sanciones que utilizan contra otros países cuando les conviene apropiarse de su petróleo o de su gas, o intentan acabar con el régimen socialista como en Cuba.

El triunfo del islamismo sobre los movimientos socialistas significa, entre otros horrores, la masacre de las mujeres. Y las guerras que se suceden en varios continentes. Esas guerras que desencadenaron los gobernantes de los principales países “democráticos” occidentales, para defender sus intereses económicos, porque se desarrollan lejos de sus metrópolis —ya no quieren enfrentarse entre sí para que se repitan los bombardeos sobre Berlín,  París y Londres—  y que ahora van a dirimirse en sus propios territorios.

Pero para  los gobernantes que dirigen los países al servicio del capital está bien, porque con el auge del terrorismo no solo eliminan a enemigos molestos como los políticos de izquierda, los dirigentes sindicales, las activistas feministas, sino que provocan el rechazo a los musulmanes en sus propios países. El atentado contra Charlie Hebdo atizará los odios populares contra los inmigrantes, dará argumentos al FN en Francia y a los nazis en otros países europeos para ganar más votos, facilitará el giro a la ultra derecha a los partidos de derecha que son llamados de centro, enconará las rivalidades entre los trabajadores de la misma región y del mismo pueblo y permitirá acentuar la represión contra todo movimiento en defensa de los derechos humanos. El terrorismo, como decía Lenin, da argumentos al poder para arrasar las organizaciones de izquierda de todo tipo: vecinales, sindicales, de mujeres, de estudiantes. La represión se desencadenará con enorme fiereza y los cuerpos de policía y  la judicatura tendrán carta blanca para detener indiscriminadamente, torturar y condenar a toda persona no ya sospechosa, sino simplemente indeseable en la moderna y blanca Francia, y esa ofensiva será acogida con agrado por la mayoría de la población que odia lo extranjero. Hay que saber, para los que claman contra la islamización del país, que Francia tiene sesenta millones de habitantes y únicamente cinco son musulmanes.

Lo peor de todo es que aunque los culpables son más que los fanáticos del Estado Islámico, las víctimas no son ni el presidente de los Estados Unidos ni el del gobierno del Reino Unido ni el de la República francesa. Sino las mujeres, los trabajadores, los pueblos  y los periodistas, inmolados en las hogueras de los incendios que han provocado los que cada día presumen de defender los valores democráticos.

http://blogs.publico.es/lidia-falcon/2015/01/09/mas-culpables-y-otros-danos-colaterales/

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