“Mi madre es una desconocida para mí”

Mujeres engañadas y niños robados relatan su reencuentro

Tras las pruebas de ADN comienza una frustrante carrera para recuperar el tiempo perdido


Benedicta García cuenta cómo era su vida antes y después de encontrar a su hija robada. / FOTO: ALEJANDRO RUESGA / VÍDEO: ÁLVARO DE LA RÚA, NATALIA JUNQUERA Y PAULA CASADO

El salón de la casa de Benedicta García está cubierto de fotos de su hija. Apenas queda hueco en las paredes para un calendario en el que un gran círculo señala una fecha, 28 de noviembre: “Tres años desde que encontré a Pili”, dice justo al lado. En las estanterías, colocados como si fueran trofeos, hay una decena de vídeos que su hija robada, Pilar Monclús, le ha ido enviando desde Barcelona para enseñarle a su madre los 46 años que se ha perdido: su primera comunión, su boda, el nacimiento de sus dos nietas, las fiestas de cumpleaños, los disfraces de Carnaval…

Varios miles de personas en España se acuestan cada noche soñando con reencontrarse, como Benedicta y Pilar. Han llenado fiscalías y juzgados de denuncias por robo de bebés (más de 3.000) y foros de Internet de fechas, nombres de hospitales, fotos y descripciones de marcas de nacimiento con la esperanza de encontrar al niño robado o a la madre engañada. Pero los pocos que lo han conseguido saben que tras la prueba de ADN que confirma el parentesco se abre un difícil proceso, una agotadora y frustrante carrera para lograr lo imposible: recuperar el tiempo perdido.

Benedicta García y Pilar Monclús

Vivieron de manera distinta su primer encuentro. “Me tomé dos pastillas para los nervios y una tila y bajé al portal. Cuando la vi llegar me di cuenta de que era mi hija. El corazón me latía… fue impresionante”, recuerda Benedicta, de 75 años. “Ella nos esperaba en el portal y en cuanto la vi pensé: ‘Esa es mi madre”, coincide Pilar. “Nos dimos un beso, subimos a su casa, charlamos… Fue algo frío”, añade. “A los dos días volví yo sola y lo pasé mal. Ella quería ejercer de madre, pero para mí era una desconocida. Me sentí muy mal, me agobié. Me dio un ataque de ansiedad. Con el tiempo se me ha ido pasando, pero es muy duro. Yo no puedo cambiar su vida ni ella la mía. No sé cómo es, la voy conociendo poco a poco. Para mi mis padres son los que me criaron. Es muy difícil establecer una relación madre-hija, con 50 años. Ahora intento no comerme la cabeza. La quiero mucho y me tiene aquí para lo que necesite. La llamo casi todos los días y le mando fotos y vídeos para intentar ponernos al día, pero es imposible”.

Junto a los vídeos, Benedicta muestra con orgullo los álbumes que ha ido llenando, carta tras carta, con las fotos que le envían las personas que más quiere en el mundo, pese a ser las que menos tiempo llevan en su vida. “Esta es del día que nos conocimos, cuando Pilar vino a verme a Logroño con su familia. Antes la llevaba en la cartera, pero hubo robos en mi barrio y la saqué”. A Benedicta no le preocupaba que le quitasen el dinero. Le angustiaba la idea de que el ladrón se llevase esa estampa que recoge el momento más feliz de su vida.

Tenía 26 años cuando llegó a un pequeño pueblo de la costa brava a trabajar de interna en una casa. Allí se enamoró de un ferroviario y se quedó embarazada. “Me dijo que no quería saber nada. No le volví a ver”. Ella lo desconocía, pero su novio estaba casado y tenía hijos. Su familia no la ayudó y Benedicta, a punto de convertirse en madre soltera en la España de los sesenta, decidió irse a Bilbao. “Fui allí como podía haber ido a otro sitio. Solo quería ir a una ciudad grande donde nadie me conociera”. En la casa cuna de Bilbao las monjas le dijeron que podía dejar allí a su hija mientras estaba trabajando e ir a verla cuando quisiera. “Pero empezaron a darme largas, a decirme un día que estaba dormida, otro que estaba enferma… y yo me volvía a casa llorando sin verla. El día que le llevaba una medallita y unos pendientes, sor Bernardina me dijo que no volviera más, que mi hija estaba con una familia y que me olvidara de ella. Nunca pensé que las monjas pudieran hacer esas cosas”.

Pilar Monclús, y su madre, Benedicta García, el día que se conocieron, en noviembre de 2011.

Benedicta contrató a un abogado para que presentara una denuncia y buscara a un detective que localizara a su pequeña. “Pero las monjas pagaron al abogado y el abogado al detective, que me dijo que mi hija estaba estupendamente con otra familia y que no la buscara más”.

Años más tarde, Benedicta se casó, pero no tuvo más hijos. Sobrevivió al accidente de tráfico en el que perdió a su marido, Carlos, en 1980, y siguió buscando a Pilar. No se quitó aquella medallita que le habían impedido ponerle a su bebé hasta que la tuvo delante, 46 años después, y pudo al fin entregársela. “Yo no quería morirme sin encontrarla”, explica Benedicta. Contrató a otro abogado y a otro detective. Les llevó toda la documentación y esperó. “Hasta que me llamó y me dijo: ‘Bene, pásate por aquí, que tengo buenas noticias”.

Llegó a casa con el teléfono de su hija anotado en un papel, pero después de haber estado buscándola toda su vida, no se atrevía a llamar. “Me puse nerviosísima. Pensé que igual ella no querría saber nada de mí”. Finalmente, se armó de valor y llamó a una casa a 480 kilómetros y 46 años de distancia. “Estaba temblando”.

Cogió su nieta. Pilar había salido, pero cuando volvió a casa recibió un mensaje que la dejó de piedra: “Ha llamado una señora de Logroño que dice que es tu madre biológica”. Pilar devolvió la llamada y puso el teléfono en altavoz para que su marido y sus hjijas, de 20 y 13 años, escucharan la conversación. Duró una hora. “Las dos estábamos muy nerviosas, sobre todo yo. Me preguntó por qué la había abanonado y le expliqué lo que había pasado”, recuerda Benedicta.

“Hubiese preferido ser una niña abandonada”, explica Pilar. “Saber que has sido robada, que habían destrozado la vida de una mujer, de una madre, te descuadra totalmente y sientes mucha rabia”. Ella supo que era adoptada con 13 años. “Me enteré por terceras personas, se lo pregunté a mis padres y lo corroboraron. Siempre pensé que mi madre me había abandonado hasta que hace unos años vi un programa de niños robados. Miré mi documentación, vi irregularidades y puse una denuncia en el juzgado de Barcelona que se archivó por falta de pruebas”. Pilar, como la mayoría de niños robados, tuvo una infancia feliz. “Tuve mucha suerte con mis padres adoptivos. Sé que pagaron una cantidad de dinero, pero supongo que a ellos también les engañaron. Murieron hace años. No sé cómo habrían reaccionado hoy”.

Benedicta y Pilar siguen conociéndose. Y sorprendiéndose. “Es impresionante. Pese a haber estado tanto tiempo separadas nos parecemos muchísimo, ¡hasta en la manera de andar!”, dice Pilar. También Benedicta lo repite desde su salón mientas ve los vídeos una y otra vez: “Nos parecemos mucho. Cuando los miro lloro y me río. Es mi hija y la quiero tener conmigo, pero ella tiene su vida y yo la mía. Nos vemos cuando podemos y así vamos haciendo la amistad, cogiendo confianza, pero cuesta mucho, porque el tiempo perdido es muy difícil recuperarlo”. Pese a las dificultades, encontrar a su hija la ha cambiado. “Todo el mundo me lo dice. Antes era retraída, apenas hablaba, estaba siempre triste. Ahora soy otra, tengo alegría..”.

María Luisa Torres y Pilar Alcalde

Pilar Alcalde (izquierda) y su madre, María Luisa Torres, poco después de su reencuentro, en 2011. / GORKA LEJARCEGI

María Luisa conoció a su hija Pilar 29 años después del parto en la clínica Santa Cristina (Madrid). Allí se la había quitado María Gómez Valbuena, la primera monja imputada por robo de bebés. El proceso judicial concluyó poco después de la muerte de la religiosa, en enero de 2013, pero mientras duró, decenas de mujeres que buscaban a sus bebés robados solían arropar a María Luisa y Pilar a las puertas del juzgado. Ver a madre e hija llegar juntas, cogidas de la mano, era el mejor motivo para la esperanza. Todas querían ser como ellas.

Maria Luisa y Pilar disfrutaron durante dos años de sí mismas. Se contaron sus vidas, se deshicieron en abrazos. “Era como si nunca hubiéramos estado separadas”, recuerda Maria Luisa. Pilar se fue de vacaciones a Ibiza con las hermanas a las que acababa de conocer. Pasó la primera nochebuena de su vida con su madre en 2011. “Iba a mudarse a vivir con nosotras”, asegura María Luisa. Pero todo se torció.

“Hace 13 meses que no hablamos. Un día dijo que necesitaba tiempo y ya no volvimos a saber nada”, lamenta María Luisa. “Perderla de nuevo, después de 29 años esperando, ha sido el palo más duro de mi vida. En casa ya no hablamos del tema. Es muy doloroso”.

Antonia Morro

“Mis padres nunca me ocultaron que era adoptada y cuando con 16 años quise encontrar a mi madre biológica, me ayudaron a buscar”, explica Antonia Morro. “A ellos les habían dicho que era una prostituta y que yo no era la primera hija que abandonaba. Mi madre [adoptiva]solía decirme: ‘Ahora será mayor, seguro que si la encuentras podrás ayudarla”.

Pero la madre de Antonia ni era prostituta ni la había abandonado. “Murió tras el parto, el 20 de agosto de 1963. Y ese mismo día las monjas le dijeron a mi padre que yo también había fallecido. Él y mis tías siempre sospecharon. Fueron al cementerio y les dijeron que me habían enterrado con mi madre. Era todo mentira, ¿pero quién le llevaba la contraria a la Iglesia en los años sesenta?”.

Todo esto se lo contó su hermana cuando logró localizarla en agosto de 2011 gracias a la ayuda de dos empleadas del Consell de Mallorca. “Investigando, se enteraron de que mi madre había tenido cinco años antes una hija de una relación anterior y la encontraron. Fue ella la que me dijo que mi madre había muerto después del parto, que mis padres no estaban casados cuando nací yo, que mi padre le había pedido que me buscara…” Quedaron los tres para hacerse un test de ADN. “Fue muy emocionante porque cuando mi padre se bajó del taxi dijo: ‘No hay que hacer ninguna prueba, esa es mi hija’. La verdad es que teníamos la misma cara”.

Al principio todo fue bien. “Mi padre estaba contentísimo. Conoció a sus nietas. Me contó cómo había conocido a mi madre…” Pero la relación también se torció. “Personas de su familia metieron cizaña, pensando en herencias, y mi padre se dejó llevar. Hace muchos meses que no hablamos. Pero no estoy dolida. Yo iba buscando a mi madre y ya no estaba, pero encontré una hermana con la que tengo una relación maravillosa. Tu padre es el que te cuidó cuando estabas enferma, el que te llevaba al colegio, el que te castigaba… el mío está en el cielo y no lo va a sustituir nadie”.

Su madre adoptiva también falleció hace siete años. En el salón de Antonia hay una foto de los dos. Y junto a ellos, desde 2011, ha colocado una de su madre biológica. “Cada día de difuntos visito la tumba de los tres”.

Ensayo del primer saludo

Natalia Junquera

“Para un hijo adoptivo, encontrar a la madre biológica suele ser el final de un proceso: el de conocer su identidad. Y para la madre, en cambio, es el principio, a veces cree que va a recuperar al hijo”, explica Jaime Ledesma, mediador familiar especializado en reencuentros. Los hijos adoptivos que buscan a sus madres biológicas quieren satisfacer una curiosidad, no encontrar otra familia, porque sienten que la suya es la que les ha criado. Para evitar que ambas partes se hagan daño, “hay que ajustar las expectativas antes, ir lo más preparado posible al reencuentro”, añade el mediador.

La primera norma es “paciencia”. “Esto no debe hacerse de un día para otro. El proceso puede prolongarse meses antes del reencuentro. Tienen que escribirse cartas contándose su historia, mandarse fotos, preguntar todas las dudas que tengan”. La preparación psicológica incluye hasta ensayos del primer saludo, el momento crítico, porque ambas partes han fantaseado mucho sobre ese instante y es fácil que a la hora de la verdad, no sea como imaginaban.

Ledesma explica que “es muy difícil llegar a tener una relación madre-hija o madre-hijo. Puede llegar a haber mucha complicidad, pero después de tanto tiempo cuesta crear una relación de ese tipo. Lo que surge es un vínculo especial para el que habría que inventar una palabra nueva: algo entre la amistad y la relación familiar. En el caso de niños robados, el hijo siente rabia y la madre tiene que reelaborar el duelo”. Es decir, ella tiene que darse cuenta de que encontrarlo no es igual que recuperarlo. Y el hijo ha de asimilar una información que puede complicar la relación con sus padres adoptivos.

Desde 2007 los hijos adoptados tienen derecho, por ley, a conocer su origen y saciar su curiosidad. Pero al revés no: la madre biológica no puede pedir los datos de la familia a la que ha ido a parar su hijo. Ledesma cree que que en los casos donde haya indicios de robo o apropiación de ese bebé, la madre biológica debería tener más garantías. Y advierte sobre el cambio legal que recoge el anteproyecto de ley de protección del menor, en el que la madre biológica pasar de tener seis meses para arrepentirse y reclamar a su hijo a solo seis semanas. “Es poco tiempo”.

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