Cuando Estados Unidos fomenta el extremismo

MóNICA G. PRIETO | 17/9/2013

Siria_inspectores_ONU

Fotografía por el Comité Local de Arbeen que muestra a dos inspectores de armas de la ONU recogiendo muestras durante sus investigaciones en Zamalka, al este de Damasco, el pasado 29 de agosto. / Local Commitee Of Arbeen (Efe)

Tras 30 meses de crímenes, la población siria que se levantó contra el régimen de Bashar Assad sufre su enésima decepción con el plan internacional destinado a destruir el armamento químico de Siria en lugar de proteger a los civiles atrapados por el conflicto. Como explicaba a la agencia Reuters Ayham Kamel, analista del grupo de estudios estratégicos Eurasia, “ahora nos encontramos con un régimen re-legitimado. No sólo Assad, sino todo su entorno”. Más de 100.000 muertos, siete millones de desplazados y refugiados, un tercio de las viviendas y miles de escuelas y hospitales destruidas por los bombardeos, el status quo en Siria sigue siendo el mismo a ojos de Occidente. Y Bashar Assad, a quien Washington tachaba de “muerto viviente” hace dos años, es el interlocutor de pleno derecho la comunidad internacional.

El acuerdo político, de cuestionable eficacia y que no está diseñado para proteger a los civiles de las masacres con armas convencionales, ha promovido entre los opositores la sensación de que Occidente sigue apoyando al dictador –una opinión muy extendida desde el principio del conflicto– y conlleva el riesgo de fortalecer a los grupos yihadistas extremistas que, siendo una minoría, son los únicos que han acudido en ayuda de los rebeldes, aunque estén secuestrando el levantamiento para adaptarlo a su propia agenda.

“Todo el mundo está perdiendo la fe en la comunidad internacional. Uno de mis amigos más modernos, que durante toda su vida fue laico, me dijo hace tres días que está pensando seriamente en sumarse a Al Qaeda para inmolarse en Occidente. Tenemos la sensación de que el mundo se ha puesto en nuestra contra”, explica con amargura Mohamed, un documentalista de Homs actualmente en Turquía. Hace apenas un mes que huyó de Raqqa, al norte de Siria, amenazado por los grupos fanáticos que están imponiendo su propia dictadura de terror. En el muro de Facebook del activista, ayer podía verse una imagen estremecedora: un grupo de niños observando el cadáver de un civil recién decapitado por Al Qaeda. “El maldito Al Qaeda”, dice con rabia.

Los temores de Mohamed son confirmados por otras voces. “Si Occidente no parece interesado en deshacerse de Assad, los islamistas moderados podrían radicalizarse”, explicaba el analista del centro especializado en asuntos de Defensa IHS Jane’s, Charles Lister, autor de un estudio sobre el verdadero peso de los extremistas en las filas del ELS que será publicado a finales de semana pero que fue adelantado ayer por el Telegraph. Según su investigación, de los al menos 100.000 combatientes que luchan en Siria divididos en un millar de grupos distintos, unos 10.000 lo hacen en los grupos afiliados con Al Qaeda –Estado Islámico de Irak y el Levante y Jabhat al Nusra son los más importantes– y otros 30.000 son islamistas que, a diferencia de los anteriores, combaten para derribar al régimen y no para imponer un sistema religioso.

Siendo una minoría en comparación con el grueso de la tropa rebelde, las milicias leales a Al Qaeda disponen de una financiación no comparable a la del resto de los grupos. Suelen pagar a sus reclutas un sueldo –lo cual le ha traído no pocos adeptos–, pueden presumir de mejor armamento y combaten ferozmente en colaboración con el Ejército Libre de Siria, si bien no se pliegan al mando de éstos. Pero a medida que logran éxitos militares y se confirman sobre el terreno, imponen sus reglas. El Estado Islámico –la más feroz de ambas facciones– ha asesinado a líderes del ELS, religiosos, civiles e incluso niños en ajusticiamientos justificados con motivos religiosos. En zonas liberadas pero ocupadas por los extremistas fanáticos, como Raqqa o Idlib, las decapitaciones públicas de supuestos infieles comienzan a ser habituales. Los combates contra algunas facciones del ELS y milicias kurdas salpican el norte de Siria, definiendo uno de los más complejos conflictos que conforman la guerra siria, a estas alturas una serie de guerras interpuestas e interconectadas que promete devolver el país árabe al pasado.

Si bien los sirios son musulmanes moderados –se han producido manifestaciones contra la presencia de yihadistas en las zonas liberadas, pero los radicales han respondido con secuestros y amenazas contra los presentes– las masacres cometidas y el discurso sectario del régimen han alentado la religiosidad de la población, que sólo encuentra consuelo en sus creencias, y eso incluye al ELS. El hecho de que, tras el gaseamiento de civiles del pasado 21 de agosto, el régimen reanudara sus operaciones militares contra núcleos civiles con total impunidad no ayuda precisamente a quienes promueven una oposición secular y pacífica.

“Están jugando con nosotros. Es lo peor de todo: podrían, sencillamente, no decir nada, en lugar de prometer que van a actuar y luego arrepentirse”, se lamenta Mohamed. ”Llevo dos años sin querer decirlo en voz alta, pero ahora tengo claro que Bashar está protegido por Israel”. A cientos de kilómetros, otro activista coincide con el discurso. “Es un plan internacional para destruir el poder militar de Siria y mantener a Bashar en el poder. Bashar trabaja para Israel y EEUU, y sacrificará el arsenal sirio para que le permitan quedarse en su puesto, aunque para ello tenga que renunciar a todos los recursos del país”, dice Abu Baqr, activista de Homs, desde la maltratada provincia siria, vía Skype.

En Ghouta, el suburbio damasceno objetivo del ataque químico, Tareq explica por la misma vía que “los sirios ya estaban muy decepcionados con toda la comunidad internacional. No quieren parar a Assad, parece claro que le están ayudando de una forma u otra a masacrarnos. Cualquier resolución nos habría ayudado y, en lugar de consensuar una, se le permite que nos mate a diario con todo tipo de armamento, no sólo químico. Y con cercos criminales: en Ghouta llevamos ocho meses sin electricidad. No hay acceso a comida, hay pocos recursos médicos… es otra forma de matarnos”.

Tareq relativiza las consecuencias que el abandono internacional pueda tener en la radicalización siria. “Hasta cierto punto, está pasando, pero insistir en ello sería dar la razón a la propaganda del régimen que caracteriza a toda la oposición como terroristas salafistas. No es cierto”, asegura.

http://www.cuartopoder.es/elfarodeoriente/cuando-estados-unidos-fomenta-el-extremismo/4938

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