HOMOFOBIA DE ESTADO E IDENTIDAD

 

Andrés Stisman

Como sabemos, el estado ruso aprobó recientemente una ley que -bajo la velada forma de prohibir la “propaganda gay”- criminaliza cualquier manifestación pública de la condición homosexual. Así, tanto la realización de la marcha del orgullo gay como el hecho de que dos hombres o dos mujeres puedan darse de la mano en la vía pública (mientras pasean o hacen sus compras) son susceptibles de distintas penalizaciones. Tampoco se permite la aparición de nada que tenga alguna relación con la homosexualidad en los medios de comunicación. Ya sabemos que recientemente el periodista ruso Anton Krasovsky dijo en una cadena rusa de televisión que es gay y pasó a engrosar la lista de desempleados. Se trata, pues, de una campaña orquestada desde las instituciones del estado para invisibilizar la homosexualidad. La homosexualidad no puede existir en las calles, en las plazas, en la televisión. Los homosexuales no son para el estado ruso sujetos que tienen vidas, proyectos, amores, que tienen derechos. En tanto que homosexuales deben desaparecer hasta del campo visual.

Se ha hablado mucho sobre el tema en estas semanas. Evidentemente, constituye una gravísima violación a los derechos humanos que se prohíba a unos ciudadanos lo que se les permite a otros: visibilizar el afecto. No quiero redundar en algunos aspectos sobre los que se ha insistido mucho y con los que estoy plenamente de acuerdo. Deseo remarcar aquí en qué sentido la homofobia de estado que se promueve en Rusia y que amenaza con extenderse a otros países de la región promueve un daño a la subjetividad de las personas contra las que se dirige, y digo “contra” porque esta ley daña (y mucho) a unos y no beneficia a nadie.
La identidad de una persona, la manera en la que ella se ve y se reconoce a sí misma, se forma, entre otras cosas, a partir de la imagen que le devuelven los otros. Nuestra subjetividad se teje a lo largo de nuestra vida a través de la relación con los demás. En mayor o menor medida buscamos el afecto y la aprobación de los demás, queremos saber cómo nos ven, qué piensan de nosotros, y no sólo por una cuestión narcisista que se puede dar en algunas personas, sino porque construimos nuestra identidad con las palabras de los otros. Ellas nos hacen.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con la homofobia de estado en Rusia? Todo. Imagínese que usted nace en una sociedad en la que su forma de amar está prohibida por las leyes, en la que sólo puede ejercer su derecho al afecto oculto bajo siete llaves. Imagínese que esto ocurre porque las leyes lo indican, leyes que son promulgadas por poderes del estado que se arrogan la representación de la sociedad en su conjunto. ¿Cuál es el mensaje que recibe? Que no es normal, que hace algo malo, que es un marginal. Imagínese crecer así, vivir así. La violencia simbólica institucionalizada es infinita. Si el estado -en nombre de la sociedad- le dice a Ud. que es un marginal, muy probablemente Ud. se sienta un marginal. ¿Cómo se repara ese daño?

Lo dicho, ¿implica un fatalismo?, ¿significa que alguien que vive en un estado homófobo consumirá acríticamente su discurso y construirá su identidad en base a él? Pues no necesariamente. De hecho, existen en Rusia -y en otras sociedades donde la diversidad sexual la tiene muy difícil- activistas que tienen claro quiénes son y que luchan por sus derechos. Con su acción también construyen su identidad (porque no sólo nos identificamos con lo que dicen que somos, sino también con lo que hacemos, somos lo que dejamos en el mundo). Sin embargo, la lucidez (de no consumir el discurso de odio con el que el estado ataca a los miembros del colectivo LGBT) se obtiene en estos casos con un costo muy alto. Y, ¿cuál es? El tiempo que demanda poder vivir felizmente siendo lo que se es y pelear por ello. Me explico: un joven o una joven heterosexual puede enamorarse por primera vez a los 15 años, vivir su noviazgo, sentirse feliz. ¿Qué probabilidades tiene de hacer lo mismo un adolescente que vive en una sociedad que -a través del estado- le dice “tú eres un marginal, y lo eres tanto que tu amor no puede mostrarse en público”? ¿Cuánto tiempo le llevará a este joven darse cuenta de que no tiene nada de malo y aceptarse cómo es? ¿Por qué un adolescente gay o una adolescente lesbiana deben narrar los inicios de su sexualidad en términos de conflicto, de lo que le costó asumirse ante sí y ante los demás? ¿Por qué la adolescencia homosexual tiene que tener ese “plus” de conflictividad y sufrimiento?

Volvamos al asunto, ¿qué tiene que ver todo esto con Rusia? Todo. Porque lo que aquí está en discusión es un modelo de sociedad y cómo construimos nuestra subjetividad a partir de ella.

Por último, y alejándome un tanto de mis consideraciones iniciales, no quiero dejar de señalar que la relación existente entre la promulgación de la ley a la que me estoy refiriendo y los asesinatos a miembros del colectivo LGBT ruso de los que nos venimos enterando en estos días es total. Total, total y sin matices. Si el estado le dice a la sociedad –a través de sus leyes – que la homosexualidad es tan mala que no merece ni siquiera ser expuesta a la luz del día, no puede luego no asumir su plena responsabilidad cuando los sectores más reaccionarios y violentos se apropian precisamente de ese discurso.

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