Cuando el flotador se convierte en el peor enemigo del niño

El empleo de flotadores puede resultar letal para los más pequeños, acostumbrados a jugar con un elemento que en caso de accidente puede conducir a la tragedia

RAFAEL MARTÍNEZ / EFE MADRID 20/07/2013

El flotador puede convertirse en el peor enemigo del niño.

El flotador puede convertirse en el peor enemigo del niño.

Pese a la creencia popular de que los flotadores se utilizan para reforzar la seguridad de los niños en playas y piscinas, su empleo puede resultar letal para los más pequeños acostumbrados a jugar con un elemento que en caso de accidente puede conducir a la tragedia. Francisco García, responsable de Salvamento Marítimo de la Cruz Roja, explica que el típico flotador de la cintura es un mito de la seguridad que se transforma en un riesgo para los niños más pequeños que carecen de destreza en el agua, un medio en el que solo en julio han perecido ahogadas 32 personas, diez de ellas menores de edad.

“El uso de flotadores da tranquilidad a los padres pero en caso de emergencias no ayuda e incluso muchas veces son la causa de accidentes y ahogamientos“, recuerda García, que apuesta por los chalecos antes que los manguitos y flotadores. El problema se produce en caso de que el niño se voltee, porque el flotador impediría al pequeño salir a la superficie ya que se coloca debajo del punto de gravedad de los niños. “Para jugar sí, pero para seguridad no”, subraya García que considera que lo más importante para garantizar la seguridad de los pequeños es que los adultos tengan una vigilancia “constante y permanente” sobre los niños, porque un despiste de un minuto puede provocar una fatalidad y por desgracia “existe la tendencia a relajar la vigilancia sobre los niños”.

Nada mejor para reforzar esa vigilancia que compartir el baño con los pequeños, que a tenor de las estadísticas del presente mes de julio encuentran en las piscinas el medio más hostil para divertirse, ya que nueve de las diez muertes de menores se han producido en estos lugares. Todo lo contrario que los adultos, de los cuales tan solo dos han perdido la vida en una piscina frente a los 17 que han fallecido en las playas españolas, muchos de los cuales eran ancianos, que junto a los niños constituyen los principales grupos de riesgo de ahogamientos en verano.

Una larga exposición al sol y la exigencia de un esfuerzo físico importante pueden resultar letales para niños y ancianos, afirma el responsable de Cruz Roja, que señala que las medidas de vigilancia, los socorristas y la existencia de banderas rojas y amarillas en las playas, no son suficientes si no existe una participación activa de las personas para reducir el riesgo de un ahogamiento. En este sentido, advierte del peligro de las calas remotas donde el riesgo aumenta no solo por la ausencia de vigilancia sino por las dificultades de los equipos de emergencias para acceder a ellas y evitar a tiempo una tragedia.

Otros lugares donde hay que extremar la precaución son los pantanos y ríos, donde han muerto tres personas este mes, por las corrientes y los fondos cambiantes. Ya sean piscinas, playas, ríos o pantanos, el problema está en “asumir riesgos para los que no se está preparado”, subraya García, que recuerda “pese a que suene absurdo, que nuestro organismo no está adaptado al agua”. Y menos preparado lo está si se añade un calor excesivo, alcohol o drogas. “Un cóctel explosivo”, define el responsable de la Cruz Roja que enumera las principales recomendaciones para evitar ahogamientos, que si bien “todos las conocemos, pocos las aplicamos”.

No separarse mucho de la orilla, no afrontar corrientes, no saltar al agua sin conocer la profundidad, no correr ni jugar en los bordes de las piscinas” son consejos vitales a los que García agrega el más importante: “el sentido común”. Con la muerte de estas 32 personas en lo que va de julio, son ya 77 los fallecimientos por ahogamiento en 2013, siendo este mes el más trágico del año ya que en junio hubo 14 fallecidos, 7 en mayo, 11 en abril, 5 en marzo, 4 en febrero y otras tantos muertos en enero. Cifras que comparadas con otros años, dice García, “no tienen, desgraciadamente, nada de excepcional”.

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