Mi reino por un Gervasio (Sánchez)

ANNA GRAU | 20 de marzo de 2013

 

Gervasio_Sánchez_Efe

Gervasio Sánchez, en una imagen de archivo. / Efe

Existe en Estados Unidos un periodista y escritor glorioso (pues no, no exagero) que se llama George Packer y que hace no muchos años escribió una obra de teatro estremecedora que se llama “Betrayed” (Traicionados). Contaba la peripecia de varios iraquíes prooccidentales y demócratas que arriesgaron algo más que su vida para colaborar con los diplomáticos y soldados estadounidenses a los que en su día vieron como liberadores, trabajando en general a su servicio como traductores e intérpretes. No hablamos de sucia gente vendida ni de colaboracionistas ni de traidores a su pueblo sino de personas como usted y como yo que entre Saddam Hussein y lo demás eligieron de buena fe todo lo demás, incluso cuando este todo lo demás les miraba a veces con franca suspicacia. La obra de Packer insiste, punzante, en el drama de esta gente cuando los americanos desconfiaban tanto de ellos que les imponían medidas de seguridad a menudo vejatorias. Y en la final, definitiva tragedia de verse abandonados a su suerte cuando EEUU empezó a retirarse de Irak sin querer saber nada. Muchos de estos traductores e intérpretes iraquíes acabaron espantosamente muertos o, si lograron salir del país, muy raramente fue a Estados Unidos o con ayuda gubernamental norteamericana.

Me he acordado de los Traicionados de George Packer al leer este tremendo artículo del nunca suficientemente admirado Gervasio Sánchez, donde cuenta la horrorosa historia de Flayeh al Mayali, traductor iraquí que trabajó para media docena de periodistas de El País y del que este periódico se desentendió completamente, nos cuenta Gervasio, cuando Flayeh al Mayali fue kafkianamente detenido hace nueve años, acusado de estar involucrado en la emboscada que costó la vida a siete agentes del CNI en 2003, maltratado durante su detención…y al fin puesto en libertad porque al parecer no tenía nada que ver con aquello de lo que se le acusaba. Todo ello mientras Gervasio se desgañitaba en vano pidiendo humanidad y justicia y El País no movía un dedo o, peor aún, daba bola a las tesis oficiales que negaban malos tratos a detenidos bajo custodia de soldados españoles sin ni siquiera investigar.

Bueno, han salido las imágenes del prisionero salvajemente pateado por los nuestros en Diwaniya, El País las ha vendido como un notición casi tan potente como la foto de Hugo Chávez moribundo (perdón…) y el bueno de Gervasio no se ha podido aguantar y la ha liado parda en las redes sociales. Y yo me he vuelto a alegrar inmensamente de conocerle, de admirarle, de haberle entrevistado, de tenerle en mis oraciones y entre los pocos ejemplos a seguir que quedan en esta atormentada profesión nuestra de cada día.

Me decía no hace nada una señora muy lúcida, diagnosticando el estado del periodismo patrio, que “entre lo que no se puede publicar porque no se sabe, lo que no se puede publicar por miedo a molestar a tu jefe, a tu empresario, al partido político de turno y al gobierno, al final lo que se escribe en los periódicos no tiene ningún interés ni ningún valor”. Cierto. Ahí está la sangría implacable de lectores, la huida en masa de los que tienen clarísimo que, a día de hoy, informarse en España es como depilarse las cejas.

En este país hay una peligrosa tendencia, quizás fruto de la pintoresca herencia moral recibida, medio musulmana, medio católica, a considerar que mentir… bueno, que es normal. Que lo hace todo el mundo. Que no pasa nada. Que tampoco hay que ponerse así. Habrá gremios que hayan florecido exuberantemente gracias a este relativismo (actores, banqueros, políticos…) pero para tener un buen periodismo sin duda nos habría convenido un buen chute en vena de cultura protestante. Nos hace falta un poquito más de intransigencia con la indecencia. Nos hacen falta más Gervasios.

He de reconocer que para ciertas cosas yo soy de la lágrima fácil. Y además me he acordado de aquellas palabras de la Biblia con que no sé quién trata de negociar con Dios para que no hunda Sodoma, Gomorra y el mundo: que primero bastarían mil hombres buenos y justos para detener el castigo divino, como no salen luego se baja la oferta a quinientos, que al no salir tampoco pues hay que seguir regateando a cara de perro y pedirle a Dios que se apiade así sea de cien, de cincuenta, de diez hombres justos, de uno solo…¿basta con que exista Gervasio Sánchez para dignificar toda una mierda de profesión?

Porque déjenme hacer constar un detalle inquietante. El señor George Packer, al que mencioné al principio de este artículo, es colaborador habitual de The New Yorker y de otras publicaciones que pagan muy bien y dan un considerable prestigio a sus firmas. Packer es un aristócrata del periodismo. ¿Será verdad al final que no hay calidad sin cantidad, sin una mínima solvencia y credibilidad económica de este oficio? ¿Que simplemente no se puede hacer buen periodismo en tiempos de crisis? Pues oiga, resulta que Gervasio Sánchez, lleva la tira como free-lance, buscándose la vida con cero redes de seguridad, trabajando a la pura y dura intemperie. Qué cosas que sea la gente así la que tenga que hacerle el trabajo limpio a muchos periodistas cómodamente en nómina.

http://www.cuartopoder.es/lagatasobreelteclado/mi-reino-por-un-gervasio-sanchez/2710

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