El expolio de la memoria palestina

Un documental sobre los libros robados en la Nakba y la cultura perdida por la guerra rescata una Palestina culta y avanzada

Unos 70.000 volúmenes fueron requisados en todo el país. Sólo 8.000 se pueden consultar en la Biblioteca Nacional israelí

La OLP ha editado una investigación que dibuja una sociedad con teatro, poesía y educación, lejos de la tragedia de hoy de los refugiados

17.09.2012 · · (Jerusalén)
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Imagen de la Biblioteca Nacional israelí, con los tomos requisados en casas árabes en 1948. /  B. Brunner

“Un día volveremos, como el viento, a nuestras casas…”. Diana susurra versos de su paisano Mahmud Darwish mientras pasea por el barrio de Baka, en Jerusalén. Es cristiana y tiene una enorme fe, pero a veces recurre a las oraciones de los poetas. “A ver si la justicia de los hombres es más rápida que la divina”, bromea melancólica. Su voz, grave y cantarina a un tiempo, resuena en unas calles donde sólo se escucha el gorjeo de los cuervos, el viento entre los ficus, una radio con jazz a lo lejos. Un vergel salpicado de casonas árabes –arcos apuntados, balcones, celosías y filigranas- donde dice la tradición que Salomón escribió el “Cantar de los cantares”. Un lugar ideal para la paz, que para Diana es el escenario del mayor dolor de su vida. Allí cerca, en su casa, la de los Safieh, en la noche del 13 al 14 de mayo de 1948, los paramilitares sionistas del Irgún entraron arrasando, expulsando a la familia y confiscando sus propiedades. Fue el inicio de la Nakba, la catástrofe palestina, el comienzo del exilio y la persecución.

Diana Safieh, expulsada de niña de su casa de Baka, Jerusalén.

Diana no añora tanto su cuarto o su jardín como sus libros y sus primeros dibujos, que se quedaron dentro. “No cogimos ni ropa ni muebles ni nada. Pensábamos que volveríamos en unos días”. Van ya 63 años largos. La niña de siete años y medio que vivió aquella noche recrea con sus manos los cuadros que colgaban de las paredes, la Biblia que su madre le leía diariamente, las enciclopedias de su padre. Es el expolio cultural de los palestinos, la memoria requisada, que una doble iniciativa está sacando a la luz: el documental del cineasta israelo-holandés Benny Brunner sobre el saqueo de las bibliotecas palestinas y el informe de la Organización para la Liberación de Palestina sobre la vida intelectual cercenada por la guerra.

“El gran robo de libros de Palestina”, inmerso ahora en una ruta de exhibición en diferentes festivales internacionales, denuncia que en una gran operación conjunta entre las milicias israelíes y la Biblioteca Nacional –en 1948 dependiente de la Universidad Hebrea de Jerusalén (HUJI)- se recogieron más de 30.000 volúmenes en casas palestinas en Jerusalén oeste y otros 40.000 más en ciudades de elevada población árabe, como Nazaret y Haifa, en el norte. El investigador Gish Amit estaba preparando su tesis doctoral cuando comenzó a localizar documentos que reseñaban estos datos y añadían que hombres armados, junto con los bibliotecarios, habían desechado hasta 24.000 de esos libros. “Si para ellos mis cuentos no eran valiosos, para mí sí”, replica Diana.

Cerca de 8.000 de estos volúmenes, desvela la cinta, están clasificados en el campus de la HUJI con la etiqueta “PA”, que significa “propietario ausente”. El resto “no se sabe dónde han ido a parar, aunque hay evidencias de que han sido integrados, en todo o en parte, en la colección general, con lo que es muy complicado aclarar ahora de dónde vinieron, a quién pertenecieron”, señala Amit. En la Biblioteca Nacional no responden sobre dónde pueden estar los demás títulos. Se remiten a una nota redactada hace años en la que “agradecen” al Ejército israelí y sus guerrillas originales el “amor y comprensión” por la cultura mostrados al “rescatar” las obras.

Escritores como Ilan Pappé, autor, entre otros ensayos, de Los demonios de la Nakba, están presionando para que el Ministerio de Finanzas, que controla esta área, desvele qué ha pasado con ese material y lo ponga a disposición de todo el público como fase previa a su devolución a las familias expoliadas. Una declaración suscrita por más de cien intelectuales de ambos lados de la línea verde recuerda, además, que el Gobierno de Israel firmó en 1954 la Convención de La Haya, que aboga por proteger los bienes culturales en caso de conflicto. Incluso los del contrario.

La llave de los refugiados, símbolo de campos como el de Aida, en Belén (Cisjordania).

En su momento, cada libro fue catalogado según su procedencia, pero en la década de 1950 se fueron eliminando las tarjetas identificativas, claves para que sus dueños pudieran reclamarlos algún día. Lo mismo ocurrió con el “gran” archivo de periódicos requisado a las familias palestinas, “un tesoro de la Historia local”. El documental cita casos como el del joven Anwar Ben Badis, residente en Jerusalén, cuya familia, originaria de Tantura (norte) arrastra la pérdida de 1.600 libros, muchos de ellos sagrados. Relata que en 1991 un investigador amigo se topó con los nombres de varios de los familiares de Anwar en las páginas de unos volúmenes y los acabó robando, ante lo infructuoso de las numerosas reclamaciones por vía oficial.

Realmente valiosas eran las “joyas” de la literatura islámica y árabe, eruditas, religiosas, de ficción o ensayo, robadas a las familias más poderosas de Jerusalén. En la lista de propietarios que conserva la Universidad, pese a las lagunas, se leen repetidos los apellidos de los Nashasimi, Al Huseini o Sakanini, junto a títulos de coranes tricentenarios, recopilaciones insólitas de poesía local, tratados de medicina y zoología… “Este documento, elaborado en marzo de 1949, es como un quién es quién de la élite cultural palestina del momento. Desmiente por completo el mito de que los árabes era gente sin cultura. Tenían que destruirla, que es diferente, porque era un arma peligrosa”, refrenda Amit. La ausencia de obras tangibles se agravó con la marcha de autores e investigadores, dentro de ese grupo de más de 700.000 personas que se convirtieron en refugiados. “En 1951, no quedaban ni diez poetas”.

El tajo en la producción artística palestina a causa de la guerra del 48 es el eje, además, de la última publicación de la OLP, “Nakba, la historia jamás contada de una catástrofe cultural”. Relata cómo a mediados de la década de los 40 había 24 librerías sólo en Jerusalén, “donde se podía encontrar cualquier libro que estuviese de moda en Oriente o en Occidente”. 23 imprentas mantenían uno de los flujos de edición más activos de Oriente Próximo, con más de 200 títulos nuevos entre 1919 y 1944. De sus máquinas salían también 161 publicaciones en el momento de la independencia israelí; en su mayoría, periódicos y revistas. Había prensa en árabe, inglés y francés (algunos diarios eran de referencia en la región, como Falastin o Miraat Al Sharq, e incluían las primeras páginas para mujer más allá de los consejos de belleza) y publicaciones especializadas en arte, humor, agricultura o comercio, además de cabeceras importadas de Egipto o Reino Unido.

"Nakba, la historia jamás contada de una catástrofe cultural", editado por la OLP.

El Instituto de Estudios de Jerusalén y el Centro Badil ratifican estos daños y añaden otros más: había 2.023 clubs culturales, deportivos o de caridad en el 48, un 85% de ellos árabes; el nivel de escolarización era el segundo más alto de la zona, sólo superado por Líbano, con cerca de 400 escuelas (privadas). Palestinos eran más de 3.000 estudiantes repartidos por universidades del mundo árabe; es una de sus pocas lagunas: no tenían un campus propio, bloqueado por el mandado británico. Más: había 47 compañías de teatro reconocidas, con 70 representaciones al año y la fotografía cuajaba con especial seguimiento.

“Hablamos de un mundo en crecimiento, con entidades como el Arab Bank generando un cuarto más de beneficios año tras año, o el turismo, muy valorado entre los europeos”, afirma Khaled Baba, palestino y norteamericano de Detroit, descendiente de desplazados de Lod, investigador universitario sobre los efectos económicos de la Nakba. Parte importante de ese golpe se percibió, además de en los campos y frutales sustraídos, en el plano inmobiliario. “Hablamos de más de 500 barrios y villas destrozados. Sólo en Jerusalén, en zonas como Qatamon, Baka o Talbiya, cada casa puede costar hoy un millón de dólares como mínimo”, calcula Adnan Abdel Razek, experto que ha editado diversas sobras sobre arquitectura y expolio. De visita por Talbiya junto a él, enumera los personajes israelíes que se han asentado en la zona: primeros ministros como Golda Meir y Benjamín Netanyahu, el filósofo Martin Buber, diversos gobernadores del Banco Central… Y señala las casas alteradas para pasar desapercibidas: un arco truncado, los números árabes borrados, versos del Corán retirados…

Casa árabe en el barrio de Talbiya, Jerusalén Oeste, ocupada en 1948 por el Irgún.

Algunos de los trabajos los hicieron hasta trabajadores palestinos. Hassan Yunis, ahora jubilado y residente en Nablus, fue uno de ellos. Recuerda que era muy joven y necesitaba trabajo. Vino a Jerusalén en los 50 y se empleó como albañil. Lo contrataron “ricos de la Colonia Alemana” y su cometido era “cambiar lo más ofensivo para ellos, que para mí era lo más bello”. “No todos lo hacían. Esas casas son tan hermosas… Algunos lo respetaban. Logré conservar algunas losas. Llevo años tratando de reproducir y copiar en mi taller aquello que recuerdo. El interior de las viviendas era precioso: los dibujos de los azulejos del suelo, los techos altos y abovedados, las barandillas de madera labrada…”, rememora. Ahora, dice, se culpa de haber “colaborado”.

“Es casi mejor ver los cambios que reconocer lo tuyo en manos de otros”, sostiene Diana Safieh. Luego reflexiona. “No, todo es igual de duro”. No quiere acercarse esta vez a la que fue su casa. Una vez que lo hizo, “hace mucho”, vio a la familia que ahora ocupa ese espacio. Su habitación se ha convertido en un pequeño local de chucherías, el aparcamiento es un jardín y del sótano han sacado un nuevo apartamento. De ese chalet pasó a un colegio atestado en la ciudad vieja, luego a Líbano, vuelta a Jerusalén Este, a Sheik Jarrah, y ahora reside en Beit Hanina. Sus hermanos, Josep y Afif, emigraron a Bélgica y Brasil. No tiene familia próxima cerca. Y perdió a sus vecinos de Baka. “A veces me siento una extraña en mi propia ciudad. Me falta mi gente”, se duele. No tiene su techo querido, ni sus muñecos ni sus pinturas, pero las llaves de aquella casa y del coche de su padre son tangible muestra de su memoria viva. “Y tengo esperanza de volver. Si no, no sabría sobrevivir. Aguanto porque no han podido borrarme la memoria, porque la cultura no se aniquila con la guerra”.

http://periodismohumano.com/en-conflicto/el-expolio-de-la-memoria-palestina.html

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